viernes, 4 de mayo de 2012

María Eugenia Contursi y Fabiola Ferro / La narración, usos y teorías





Un texto narrativo está compuesto por signos lingüísticos, y en él un agente cuenta una historia o fábula entramada de cierto modo (Mieke Bal, 1998), por medio de una serie de acontecimientos lógica y cronológicamente relacionados que unos actores causan o experimentan (los actores realizan acciones, y no son necesariamente humanos). Actuar significa entonces causar o experimentar un acontecimiento.
Un acontecimiento es el paso de un estado a otro, es decir, el evento que causa el paso.
La narración es algo medible que se puede segmentar, que avanza, transcurre progresivamente. Por lo tanto, tiempo y acción (el tiempo y las acciones humanas) se relacionan estrechamente.
Sin embargo, la psicología cognitiva estudia la narración en tanto forma de conocimiento (en donde no habría linealidad).

Donald Polkinghorne: la narrativa atribuye significado a la experiencia humana. Entonces, el significado narrativo resulta de un proceso cognitivo que organiza la experiencia en episodios temporalmente significativos.


Aníbal Ford: en la revolución industrial y en la modernidad las concepciones de tiempo y temporalidad se atienen a las grandes estructuras y procesos socioeconómicos que construyen falsos binarismos: tiempo subjetivo/tiempo objetivo, y tiempo instrumental. De este modo se obtura la comprensión de dispositivos de conocimiento elementalmente humanos. Así, el tiempo objetivo, medible, administrable, lineal, secuencial, instrumental, ubicado en el centro de la modernidad, se opone al tiempo de la memoria, de los sueños, de los recuerdos, del desorden cronológico, de la focalización, de la corriente de la conciencia, que ha sido expuesto a la periferia.
Al cambiar la noción instrumental del tiempo cambió la forma de conocer, de dar sentido –no de construir- de percibir, de organizar la vida cotidiana según cronométricamente. Desperdiciar el tiempo es un pecado.


Las teorías de la narración
Existe una relación entre texto y contexto. Del estudio de los significados y las formas se pasó al estudio de la producción social de sentido.
La lengua escrita se relaciona con la comunicación: el texto es visto como un evento comunicativo particular en el que participan miembros de una comunidad lingüística que desempeñan papeles sociales, y que entablan relaciones sociales determinantes. Se trata del estudio de la situación comunicativa.

Las estructuras narrativas:
E. Werlich: la coherencia y completitud de los textos están determinadas por la presencia o ausencia de lazos referenciales de los elementos textuales (es decir, conexiones dentro del texto, de las unidades estructurales elegibles conformadas por un grupo de palabras o de oraciones y unidades más amplias desplegadas en secuencias sucesivas. Cuando se refieren a determinados cortes del modelo de la realidad común de hablante y oyente, representan bases temáticas (25).  
Las secuencias caracterizarán al texto con alguno de los tipos textuales básicos: descriptivo, narrativo, expositivo, argumentativo, instruccional.

Las bases textuales temáticas, constituidas por sujeto, predicado y adverbio, sirven para expresar cambios de tiempo y ocurrencias. Estos tipos textuales sirven como matrices preexistentes para la producción lingüística del sujeto frente a su experiencia (26).

Jean Michel Adam: la textualidad está organizada en secuencias cuyos elementos se relacionan interna y jerárquicamente en términos de dependencia/independencia con el conjunto más vasto del que forma parte.
La secuencia está conformada por grupos de proposiciones ligadas según el movimiento de la secuencialidad y la conexidad En la conexidad está el modo de sucesión lineal de las proposiciones.
Una secuencia elemental articula proposiciones típicas: secuencias prototípicas que se combinan en el texto, y son: narración, descripción, argumentación, diálogo. Por eso casi todas las estructuras secuenciales son heterogéneas, y tienen grados de dominancia. Cuando predomina la secuencia narrativa, tenemos un texto narrativo.
La secuencia narrativa se esquematiza así:

Situación inicial-complicación-re(acción)-resolución-situación final-moraleja.

Es decir: una sucesión de eventos con unidad temática, un proceso transformacional de unidad de acción compuesto por una situación inicial, una transformación (medio) y una situación final que permite la temporalidad, la sucesión de eventos, la causalidad narrativa (la tensión de la puesta en intriga que domina el proceso transformacional o acción), y la evaluación o moraleja.
Narración: paso de una sucesión lineal y temporal a una complicación, y a una resolución entre la situación inicial y la final. Las secuencias se comportan como herramientas comunicativas y cognitivas.


Teun Van Dijk: existe una superestructura global que le da forma al texto. Cada texto (situación comunicativa) se realiza por medio de diferentes formas textuales, aún cuando nos refiramos al mismo suceso; es decir, aunque el contenido semántico sea el mismo.
Por eso la superestructura es una abstracción a la que todo texto se adapta, independientemente de su contenido, y que le permite a una persona entender y hablar su propia lengua: la capacidad lingüística y comunicativa incluye el conocimiento de la gramática y el léxico, y también el dominio de las reglas combinatorias en las que se basan las superestructuras (29). Los hablantes de una comunidad lingüística son capaces de reconocerlas y aplicarlas.
 Las superestructuras se presentan en diferentes sistemas semióticos, como en el cine, en la historieta...

Los textos narrativos se producen en la vida cotidiana y en la literatura: chistes, mitos, cuentos populares, sagas, leyendas, cuentos, novelas, biografías, memorias…
Un texto narrativo se caracteriza por referirse ante todo a acciones de personas. Las descripciones de circunstancias, objetos u otros sucesos quedan subordinadas. Por lo general, un sujeto contará o explicará sucesos o acciones que resulten interesantes. Es decir, que se desvíen de alguna norma, de una expectativa, o de una costumbre. Nadie narra una historia sobre el almuerzo, el peinado… si no se encuentra unida a algún suceso especial e interesante.
Así que una primera categoría de la superestructura es la complicación, que puede ser un suceso en el que no intervienen personas (un terremoto), pero que debe involucrarlas, pues sus acciones son el núcleo de la narración, y pueden (o no) diluir la complicación, dando lugar a la resolución, que será negativa o positiva.
Complicación y resolución constituyen el centro del texto narrativo.
Cada suceso (o suma de sucesos) ocurre en una situación determinada (en tiempo y circunstancia) llamada marco. El marco y el suceso (sucesos) conforman el episodio, y la serie de episodios da lugar a la trama. Luego se suman los comentarios que aporta el narrador, y la evaluación de la trama. Así, las categorías principales de la superestructura son: complicación, resolución, suceso, marco, episodio y trama. Las conclusiones prácticas de algunos textos narrativos se llaman moraleja, como ocurre en la fábula, en donde al final hay una lección.

Robert Longacre y Stephen Levinsohn: dos parámetros primarios concebidos en términos de oposiciones binarias: presencia o ausencia de rasgos.
Es decir; entre más referencia se haga al encadenamiento cronológico que enuncia la sucesión temporal de los eventos, menor referencia a los sujetos involucrados. En el discurso narrativo aparecen los dos parámetros.
Dos parámetros más: mayor o menor proyección, y mayor o menor tensión. El rasgo tensión se refiere a la forma explícita de un conflicto. La categoría más tensión da cuenta del discurso polifónico, en donde se polarizan las concepciones del conflicto. Se incluye más de un punto de vista (polémica). El rasgo de menor tensión se refiere a los textos en que sólo hay una manera objetiva de presentar los puntos de vista. Digamos que sólo se oye una voz (33).
El rasgo mayor o menor proyección se refiere al modo como una situación o acción se contempla, ordena o anticipa, pero no se realiza. Por ejemplo, la profecía, que contiene el rasgo mayor proyección. La crónica periodística tendría menos proyección, pues habla de algo que ya pasó.

El discurso narrativo
Las relaciones entre texto y contexto.
Umberto Eco distingue entre fábula y trama. La fábula es lineal, desde un momento inicial tiempo 1, hacia un momento final tiempo X.

La trama se forma por los saltos temporales: analepsis, prolepsis… La trama es la forma del contenido. La fábula es la sustancia del contenido, y el discurso narrativo es la expresión de trama y fábula.

Técnicas de la dilación o la moderación del ritmo. Permiten al lector realizar paseos inferenciales: señales de suspenso que moderan el paso del discurso, o incluso lo frenan, como sugiriendo al lector “y ahora intenta seguir tú”. Para poder prever el desarrollo de la historia, el lector se remite a su experiencia de vida, o a su experiencia de otras historias (Matilda y León, versión corta) (36).
Este manejo del tiempo da lugar a tres formas: el tiempo de la historia, de la fábula, es de mil años; pero el tiempo de la expresión narrativa y de la lectura es brevísimo: pasaron mil años. Acelerando el tiempo del discurso se puede expresar un tiempo de la fábula que es larguísimo, y viceversa: describir una acción de un segundo en cuarenta páginas. Cuando los tres tiempos coinciden no hay intensión literaria…
El tiempo del discurso es una estrategia textual que impone un tiempo de lectura. Detenerse a describir es perder tiempo en la traducción del espacio. La técnica correspondiente se llama hipotiposis, y consiste en dilatar el tiempo del discurso y el de la lectura en relación al de la fábula, con el fin de lograr una configuración espacial como si la estuviéramos viendo (37).

Narrativa natural: relato sobre lo que me pasó ayer, noticia del periódico, o toda la historia del reino de Nápoles. Narrativa artificial: ficción narrativa que finge decir la verdad, o presume decir la verdad en un ámbito de discurso ficcional (39). Leer relatos es un juego en el que se aprende a dar sentido al mundo y a explicar nuestra posición en él. Esto explicaría la función de los mitos, que dan forma al desorden de la experiencia.

Discurso/relato:
Emile Benveniste: hay dos planos de enunciación: el del relato (o historia) y el del discurso. En el relato la enunciación excluiría las formas lingüísticas autobiográficas: los deícticos yo, tú, aquí, ahora, junto con el tiempo verbal presente. En el discurso la enunciación supone la existencia de un hablante y de un oyente, y utiliza los deícticos nombrados arriba, junto con los tiempos verbales del presente y el futuro (40).
La enunciación es el acto individual de un sujeto que se apropia de la lengua, y enuncia su posición de locutor mediante índices específicos (deícticos como yo, ahora…) y a través de procedimientos accesorios o formas modales. El producto de este acto de enunciación es el enunciado.
Harald Weinrich: existe una enunciación en la que se borran las marcas subjetivas, deícticas o personales vistiendo de objetividad al relato, y otra en la que el enunciador se compromete en lo enunciado (mundo comentado, o discurso), utilizando marcas deícticas o personales que relacionan al enunciador con el discurso, vistiéndolo de subjetividad.

Tzvetan Todorov: la obra literaria narrativa es historia cuando evoca una cierta realidad, y los personajes se confunden con los de la vida real. Pero esa misma historia podría narrarse por medio de otros géneros y otras materialidades, como una película, una historieta, un testimonio… Es discurso, porque existe un narrador que relata la historia y un destinatario de la misma. Así que lo importante no son los personajes ni los hechos referidos sino la manera, el modo en que el narrador los pone en conocimiento del destinatario (41).
Gérard Genette: se deben estudiar las relaciones entre discurso y los acontecimientos que relata, y entre el discurso y al acto que lo produce. La historia: significado o contenido narrativo. Relato: significante, enunciado, discurso o texto narrativo. Narración: acto narrativo productor y conjunto de la situación que se relata (42).
El discurso narrativo (relato) da cuenta de una historia, y es referido por un productor, sin el cual no hay discurso.
En el relato (secuencia temporal) conviven el tiempo de la historia y el tiempo del relato. El relato, literario, fílmico, escrito, oral… se actualiza en el tiempo de la lectura o la escucha… Hay tres tipos de relación entre el tiempo de la historia y el tiempo del relato: relación de orden, relación de duración y relación de frecuencia. El relato escrito existe en una dimensión espacial (50 páginas); y al atravesar ese espacio, o el recorrido de ese espacio, supone el paso de un tiempo (2 horas).
La relación entre el orden temporal de sucesión de los acontecimientos en la historia y el orden temporal de su disposición en el relato aparece bajo formas de discordancia como anacronías narrativas (es imposible el grado cero de perfecta coincidencia temporal entre relato e historia): prolepsis (anticipaciones) y analepsis (retrospecciones). La prolepsis narra anticipadamente un acontecimiento. La analepsis evoca un acontecimiento anterior. La duración de los acontecimientos en la historia se cuenta en segundos, días, años… La seudo-duración (longitud del texto) del relato de los acontecimientos se cuenta en líneas y páginas. Esta diferencia se llama velocidad.
Las estrategias narrativas que afectan la relación de duración se agrupan en cuatro grupos: elipsis, pausas descriptivas, escenas dialogadas y relato sumario o resumen. Sirven para acelerar o frenar el tiempo del relato. Los comentarios también son pausas, aunque no descriptivas.
La relación de frecuencia: son las posibilidades de repetición de los acontecimientos de la historia y el relato. Relato singulativo anafóbico: da cuenta n veces de lo que pasó n veces: el lunes me acosté temprano, el martes me acosté temprano, el miércoles me acosté temprano… Relato repetitivo: da cuenta n veces de lo que pasó una sola vez: ayer me acosté temprano, ayer me acosté temprano, ayer me acosté temprano… Pasa lo mismo cuando el acontecimiento se cuenta con variantes estilísticas o con variaciones del punto de vista, como en La hojarasca. Relato iterativo: cuenta una vez lo que ha pasado n veces: todos los días de la semana me acosté temprano.

Juan José Saer: la trasmisión verbal de un hecho consiste en una serie de signos que dan un equivalente artificial de ese hecho. El relato es una simulación de lo empírico: aunque se proclame verídico o ficticio, tenderá a constituirse como una forma de construcción sensible, es decir, reconocible por los sentidos. El relato pretende ser una construcción sobre la realidad misma. Intenta representar la experiencia del sujeto frente al objeto. El relato reduce los acontecimientos a un conjunto de frases…

Autor, narrador, narratario y lector:
Mieke Bal: los acontecimientos siempre se presentan desde un ángulo, desde un punto de vista. La focalización designa la relación entre la percepción y lo que se percibe. El sujeto de la focalización es el focalizador, que no debe ser confundido con el narrador.
El narrador es el sujeto lingüístico que se expresa en el texto. No tiene que ser el focalizador o el autor biográfico, ya que puede dar cuenta de cómo los personajes han focalizado las acciones. Pone de manifiesto la focalización de un personaje: fulano miró con enojo. …También pueden superponerse diferentes focalizaciones (51).

El narrador puede ser narrador-personaje, que habla de sí mismo, el yo narrativo, y el narrador externo, que habla de los otros (narrador en primera persona y narrador en tercera persona). También existe el narrador testigo y el narrador omnisciente. El narrador testigo es un narrador-personaje que no es un actante de importancia desde el punto de vista de la acción. Cuando este narrador actúa, deja de ser testigo.
El narrador es el hombre que da un consejo a quien lo oye, y ese consejo no es tanto una respuesta a un interrogante como una propuesta ligada a la secuencia de una historia que se narra. Así, el narrador es una estrategia discursiva que utiliza la narración para un propósito, y todo lo demás está al servicio de ese propósito (consejo) que guía la práctica de narrar. Entonces la narración cuenta con el acuerdo del lector que acepta lo que el narrador le propone.

Umberto Eco: cuatro dimensiones para comprender la dimensión discursiva de la narración.
El autor modelo: estrategia textual que establece correlaciones semánticas. El lector modelo: creación del texto, conjunto de instrucciones textuales que se manifiestan en la superficie del texto en forma de afirmaciones y otras señales.
El lector empírico interpreta, infiere a partir de los senderos bifurcados que dibuja el narrador en el texto. Y en el bosque uno se abre paso trazando recorridos propios, con libertad de elección interpretativa. Sin embargo, el lector empírico debe respetar ciertas reglas encarnadas en el lector modelo. Si no sigue estas reglas, puede resultar engañado, defraudado o perdido.

Narración, tiempo y sujeto:
Paul de Ricoeur: el discurso sucede cuando alguien habla, y es significación, en tanto dice algo. Articulación de una secuencia finita de frases: obra. Su carácter articulado postula que no es un mero conjunto de frases aisladas.
El discurso se fija en la escritura junto con la significación, en la intención de decir algo inherente al discurso. El texto se descontextualiza de sus condiciones psicológicas de producción, y se re-contextualiza de otro modo con la lectura.
El tiempo se humaniza cuando se articula como narración, y la narración significa plenamente cuando es condición de la existencia temporal (57). Mimesis y trama se relacionan: la mimesis es imitación o representación de acciones, y la trama es la disposición sistemática de los hechos narrados. La mimesis media entre el tiempo y la narración, y entre la narración y al verdad. La mimesis prefigura prácticamente, es decir, tiene un conocimiento previo. Luego realiza una configuración textual (texto narrativo) y luego una re-figuración receptiva, que es la apropiación por parte del lector.
La prefiguración práctica es el conocimiento de los rasgos de la acción práctica: conocer los fines, razones, motivos agentes, circunstancias, interacciones y resultados de la acción. Para describir acciones particulares se vale de símbolos. O sea, de reglas de descripción e interpretación, y de normas prescriptivas y de valores. También recurre a la intra-temporalidad del sujeto (58). Es decir, que la prefiguración mimética se refiere a los saberes previos que permiten que el proceso mimético opere en el plano cognitivo. Son como los presupuestos para poder hacer entender las cosas a un lector. ¿Pero qué pasa cuando esa verdad se pone en duda?

Configuración textual mimética: paso del plano paradigmático al plano sintagmático, y al momento de la ficción (construcción de la trama). La mimesis media entre acontecimiento e historia (paso de la sucesión a la configuración: trama). Con la configuración textual mimética (puesta en texto, entramado) se abre el espacio del tal como si. Este proceso se llama esquematismo de la función narrativa: capacidad sintetizadora de la imaginación que permite unir las acciones, circunstancias, agentes… de la prefiguración práctica mimética con los conceptos de la trama (58).
El tiempo es el hilo lógico trascendental presente en toda esquematización.
Re-figuración receptiva mimética: intercepción del mundo del texto con el del lector (momento de la lectura). La lectura fusiona horizontes: es el momento de la transformación del texto en obra (59). La lectura retoma la comprensión práctica configurada en el texto y la sobre-determina produciendo un aumento de realidad.

La prefiguración se liga a las acciones de la vida cotidiana. La re-figuración añade, con la lectura, nuevos significados e identificaciones existenciales (59). Así, la verdad se entreteje en la ficción a través de la actividad mimética, porque la fábula toma componentes del texto y les da la forma de las figuras prácticas de la vida que, así re-creadas o formadas por la fábula por medio de los componentes del texto, se trasforman en el texto mismo y en el sí mismo del lector. El resultado de todo esto es un juego de verdades que circula libre y reguladamente en la trama (59).

Grandes teóricos de la novela / Alfonso Cárdenas Páez




Lucakcs:

La novela intenta darle sentido a la vida humana en un mundo degradado y sin sentido que reniega de las ideas estéticas del arte. El realismo fijo en la historia vive de la nostalgia del pasado, y se representa en la narración a distancia.
Las relaciones entre sujeto y objeto están mediadas y en conflicto (no existe la armonía); por lo tanto el hombre no encuentra respuestas, y se convierte en un sujeto problemático que no encuentra garantía de totalidad en el mundo degradado. Entre más conoce el mundo más crece su conflicto; la aprehensión del mundo aumenta, y con ello la incapacidad de abarcarlo. La única opción es recoger los fragmentos: la totalidad novelesca se expresa en la fragmentación.
No hay evidencias del mundo, de la verdad ni de sus semejantes (necesidad ética). La totalidad novelesca intenta interpretar el mundo, lejos de la vida concreta. La búsqueda de la trascendencia en un mundo de valores extraños puede llevar al sujeto al crimen o a la locura. La novela es la expresión de la imposibilidad de alcanzar esa trascendencia de la vida, de hacerla esencial dentro de las coordenadas históricas y psicológicas del hombre.
La novela es expresión de la nostalgia de la pérdida de la trascendencia, del destino humano en crisis permanente, cuya existencia se revela como algo inacabado.
Relato de la interioridad, del alma humana que busca su esencia, expresión de la ambivalencia humana, biografía de la nostalgia, del hombre escindido entre el mal y los valores, entre la historia y la utopía. La novela es búsqueda y deseo. Subjetividad que incluye lo imaginario y lo simbólico. El mundo, extenso, inalcanzable, apreciable solo en forma de fragmentos por un individuo roto en su interior, escapa de la medida humana.
La novela intenta responder a las necesidades del hombre moderno, tratando de apoderarse de los principios fundadores del mundo humano (orden cosmológico), sin encontrar símbolos para ello. La novela intenta conocer el mundo pero dada su infinitud solo capta sus fragmentos. Cualquier aprehensión es parcial e intensiva.
Es como captar el fantasma del mundo infinito. Expresión de la duda y la desconfianza en el otro y en el saber (escepticismo). La solución estética a la dificultad está en las posibilidades de la ficción: ironía, ambigüedad, metonimia, paradoja, parodia, humor.

René Girard y Lucien Goldmann:
Lo romántico acepta la espontaneidad del deseo y la autonomía y originalidad de la subjetividad, lo que supone que el deseo es lineal. Asistimos a una lucha entre el novelista y el romántico, entre la desmitificación y la mistificación del deseo mimético que genera el conflicto, pues constituye una amenaza para la armonía y para la supervivencia de las comunidades humanas.

La violencia mimética crea víctimas propiciatorias. Este sacrificio establece jerarquías, determina diferencias, e impone valores donde solo aparecía el conflicto, mediante el juego dialéctico de la rivalidad mimética. Se representa así la pugna entre el orden y el desorden, engendrando una narrativa donde prevalecen los efectos del sacrificio unánime de la víctima propiciatoria.
Los personajes novelescos imitan los deseos de vida. Sólo en las grandes obras el sujeto y el objeto se ven influidos por un mediador que irradia su acción sobre uno y otro que cambian, pero el deseo triangular permanece. Todos desean ser otro. Sancho desea según Don Quijote, y este desea según Amadís de Gaula.
Aunque no se vea, existen las diferencias entre Quijote y Sancho, la influencia profunda y constante del mediador imaginario en el caso del caballero; la lejanía del mediador en Don Quijote implica que este sea un héroe sereno donde no se da la obstinación porque los deseos no lo torturan y no se encarnizan contra el infortunio. En cambio, los héroes de Proust y Stendhal se decepcionan porque, una vez alcanzado el objeto de su deseo, comprueban que su ser no ha cambiado, y que la metamorfosis esperada no ha ocurrido. Entre más cerca el mediador mayor la pasión en detrimento del valor del objeto concreto.
Madame Bovary quiere ser otra, y trata de imitar superficialmente a las heroínas románticas de las mediocres novelas que lee. Esto le produce angustia, y hace del bovarysmo un fenómeno contemplativo. Ocurre lo mismo en personajes de Stendhal, en donde Julián imita a Napoleón.
El vanidoso desea un objeto que desea un tercero de prestigio: el mediador se vuelve rival del sujeto, porque la vanidad propicia su existencia antes de exigir su derrota. Quijote y Emma no pueden rivalizar con el mediador, pues la mediación externa impide que las esferas del mediador y el sujeto se toquen. En la mediación interna la distancia es reducida y las esferas se superponen. El enfoque es psicológico, pues se trata de los sentimientos: odio, vanidad, celos, pasión… y de actitudes: envidia, esnobismo, obsesión, que manifiestan el deseo mimético del sujeto al imitar a su mediador.

Goldmann:
Postura estructuralista-genética:
La novela evidencia las condiciones históricas de las formas de pensar de su tiempo. Constituye una actitud o una toma de posición frente a la ideología del momento.

Los hechos humanos buscan satisfacer necesidades e ideales, y modificar la situación en consonancia con aspiraciones de grupo. Cada grupo ocupa un lugar en la producción como explotador o trabajador, por sus relaciones con otros grupos o clases, y por su visión de mundo.
Los textos literarios son hechos de habla. La lingüística se encarga de las posibilidades de la significación, no de la significación misma. La obra literaria significa, y no hay formas de definir qué es lo pertinente en un texto literario. La literatura no es el estudio de los medios sino de las significaciones. Las significaciones son dobles: significaciones intratextuales  y las extratextuales o visión de mundo.
Ideología: conciencia de intereses materiales de un grupo. Visión de mundo: sentido global de las relaciones humanas o máximo de conciencia posible de clase. Ambas son formas de la conciencia colectiva. La visión de mundo responde a un problema histórico-social. La ideología es la realización socio-histórica del principio filosófico que anima la cosmovisión.
La novela es producto de una praxis de sujetos humanos colectivos que mantienen el equilibrio entre sus necesidades, obligaciones y esperanzas con la estructura de la sociedad en que se desarrollan. El análisis socio-histórico implica describir qué tanto sentido abarca la estructura significativa cosmo-visionaria en la obra literaria, para desentrañar su génesis.
Así que el sentido textual de la obra depende de su relación con los fenómenos histórico-sociales de contenido social, y entre estos la concepción de mundo.
La obra literaria es colectiva, porque sus estructuras son homólogas a las estructuras mentales de ciertos grupos, o están en relación inteligible con ellas. La dimensión histórica de la novela estaría en que se atiene al tiempo y a sus dimensiones, acepta que el mundo se trasforma y progresa, y juega con la temporalidad hacia el pasado (memoria, nostalgia, ensoñación, arcadia o paraíso perdido), o hacia el futuro (viaje, aventura, utopía).
Existen tres visiones de mundo: trágica, racionalista, existencialista y dialéctica.
Trágica: realización de valores irrealizables; desequilibrio entre las aspiraciones del hombre y sus limitaciones. El hombre solitario (Don Quijote) se angustia ante la presencia/ausencia de Dios: ¿puedo seguir viviendo en un mundo que sufre de insuficiencias radicales? Todos valor humano se ha vuelto relativo. El hombre trágico (irrealizable en esta tierra) vive apegado a los valores absolutos y juega al todo o nada. Racionalista: abandona la comunidad y el universo, y se rige por las categorías del individuo razonable; representa la lucha de la burguesía contra la nobleza del iluminismo. No hay valores positivos, ni futuro; su filosofía es la de la limitación y la disolución del sujeto en el objeto. Sus marcas son el pesimismo y la discontinuidad. Dialéctica: unidad de acción y pensamiento, o la conciencia del sí para sí, como Marx.

La socio-estética de Bajtín:
La novela es un sub-género discursivo narrativo multiforme que expresa la polifonía social del lenguaje. Abarca todas las formas de productividad social del discurso, y provoca una saturación ideológica en el lenguaje que presenta una heterodoxia de conciencia, ideologías, códigos, lenguas, heterofonía de voces, plurilingüismo de puntos de vista, dialectos, sociolectos, conciencia e ideologías que generan un diálogo extraño a la representación monofónica y sus pretensiones de verdad referencial y objetividad. Entraña dos dimensiones: sincrisis: variaciones semánticas en torno a un tema que confronta varios puntos de vista. Anacrisis: provocar la opinión o la réplica del otro.
La verdad y el pensamiento son dialógicos. Por eso no son lineales o sucesivos, e implican la coexistencia simultánea de varias verdades. Los protagonistas del diálogo plantean puntos de vista que rompen las maneras tradicionales de pensar y de ver las cosas. El diálogo socrático purifica la palabra de todo automatismo y cosificación de la vida cotidiana. De este modo conduce al hombre a descubrir los estratos profundos de la personalidad y del pensamiento. En el diálogo se ponen a prueba las ideas, lo que implica poner a prueba a su portador, al hombre. Es volver la idea plástica, de manera libre y creadora.

De la sátira menipea, hay en Bajtín (el dialogismo novelesco):

Aumenta la risa y la invención irrefrenable para poner a prueba la filosofía, la palabra y la verdad plasmadas en la imagen del sabio buscador de la verdad. Libre fantasía, simbolismo y misticismo con naturalismo de bajos fondos, en extremo grosero. Fantasía e invención, gran capacidad de contemplación del mundo. El universalismo filosófico se da en la acción y en la sincrisis dialógica trasladada al Olimpo o al infierno. La fantasía experimental es ajena a la épica y a la tragedia, y se observa desde una posición inusitada. Experimentación psicológica-moral con la representación de estados anormales: denuncias, desdoblamientos, suicidios, sueños raros… Escenas de escándalo, excentricidades, discursos inoportunos, violaciones al discurso normal de las cosas, contrastes (entre el emperador y el esclavo), utopía en forma de sueños de viajes a países desconocidos. Uso de géneros intercalados en prosa y verso, pluralidad de estilos y tonos, actualidad cercada, contemporaneidad, simultaneidad, sincronía. La polémica fundamental estaría en el diálogo, que no existe sin confrontación de puntos de vista y los rebajamientos y excentricidades del carnaval y la cultura popular. Tampoco habrá diálogo sí, como decía Goldmann, existe coherencia de puntos de vista.
La palabra bivocal, típica del diálogo, se orienta hacia el objeto o tema, la palabra del otro, la palabra de sí mismo, o hacia la palabra en sí misma.
Así aparecen varios tipos de discurso: estilizado, que da lugar a la parodia, la polémica explícita o implícita, al relato oral o al dialogismo oculto, formas que permiten diferenciar la palabra ajena de dos formas: la actica y la pasiva. La parodia es pasiva; la polémica y el diálogo oculto son activas; la una porque provoca al contrario llegando a contradecirlo, y el otro porque cambia de sentido o de dirección la palabra ajena.

La literatura tiene sentido solo dentro de la unidad cultural. Atención a la lingüística y al lenguaje, a la intensidad emocional-volitiva de la forma junto con la actitud expresiva valorativa del autor y el espectador: allí está la forma estética.
Comprender el objeto estético es comprender la forma arquitectónica, cuyos elementos son usados por el creador para manejar la materia por medio del desembrague perceptivo, la saturación perceptiva y la carga afectiva-emocional. Los elementos cognoscitivos son los históricos, sociales, lingüísticos, científicos… Los elementos éticos son los que se refieren a la búsqueda y encuentro con el hombre y todo lo que haga posible y dignifique su vida y sus fenómenos: mismidad, alteridad, libertad, justicia, trascendencia, comunicación… Los elementos estéticos se relacionan con la sensibilidad y la imaginación como ejercicio aplicado a la realidad en su captación original o en su trascendencia.
La forma arquitectónica permite ver la obra como metáfora del mundo, y el intento de construir una visión de mundo plural.

Las formas arquitectónicas son la sátira, la comedia, lo trágico-cómico, lo grotesco, el humor, la obscenidad… La arquitectura no está al servicio de ningún tema ni al servicio de nada. Ella es la forma compositiva, común a varia artes.
La forma arquitectónica se relaciona con la forma estética del contenido, e implica la intencionalidad creadora y una actitud axiológica, necesarias para construir el objeto estético dotado de sentido y de valor. La forma arquitectónica es la proyección de la actividad creadora y contemplativa orientada hacia una visión del hombre y el mundo.

Para Bajtín, el realismo grotesco es la manifestación de la cultura cómica popular a través de las imágenes del cuerpo, de la satisfacción de las necesidades naturales y la vida sexual; imágenes relacionadas con lo colectivo, festivo y alegre que degrada lo elevado, culto, espiritual, ideal y abstracto, conservando su carácter ambiguo.
La imagen grotesca incluye la visión del tiempo en el cual los procesos de cambio y de metamorfosis son incompletos, e incluye las manifestaciones del lenguaje popular que apuntan a groserías, imprecaciones, ofensas, juramentos, elogios…
El realismo grotesco podría estar buscando resituar la vida en los márgenes de los sentidos, la imposición de la corporeidad plena…
Lo grotesco representa al hombre des-sublimado, aferrado a la feria de sus miserias relacionadas con el vientre (las situaciones grotescas tienen poder ambivalente; asocian boca y ano).
La imaginación cómica ofrece la inexistencia del cadáver después de la muerte, la muerte no como hecho físico sino como proceso de despojamiento de los sentidos, un irse ocultando y fantasmagorizando para presentarse con mayor libertad y aparecerse en cualquier rincón de una casa…
El desdoblamiento de varias persona en tres o más figuras, camaleonismo, prueba de la habilidad del hombre para existir en medio de incertidumbres, misterios, dudas, sin la irritante búsqueda de hechos y razón. Sincretismo de la imagen.
Lo corporal y fisiológico a manera de formas de la exageración de posiciones, si bien cotidianas, salidas de tono. Afluencia de lo primitivo, de lo primordial, anterior a la hegemonía de lo racional.
La máscara demoníaca, fantasmal, carnavalesca.

La presencia de la ideología:
Ideología: codificación semi-discursiva de la realidad conocida y vivida, valorada por el hombre, producida de acuerdo con intereses de clase, que sirve de contexto para la práctica social de los miembros.
En los mensajes de la ideología se cruzan simbolismo e imaginarios y conceptualizaciones que pesan en el proceder social de las personas.
Las ideologías nacen en las clases, y se revelan en los conflictos entre las clases. Son tan fuertes como el poder de la clase que las imponga por medio de estrategias diseñadas para hacer pasar sus propios intereses como si fueran los de todas las clases. Eso hizo la burguesía, que imponía universalmente sus normas y principios basados en la racionalizad y en la consciencia de sí misma como clase generadora de modernidad.
La ideología impone normas, principios y puntos de vista según los cuales debemos ver el mundo. Contribuye a la enajenación, a la sujeción no violenta del hombre. En el discurso novelesco se cruza lo simbólico con efectos culturales e históricos. La ideología hace parte de las formas de la realidad producidas socialmente por el hombre, y se encarna en cosas materiales y acciones; no tiene una realidad por fuera del lenguaje, las acciones, los vestidos, las conductas de los miembros de la sociedad, todo ello cargado de significación. La ideología no tiene una naturaleza semántica sino que se asocia con cosas materiales.
La literatura refleja y refracta todo ese inventario en donde se encarna la ideología (el medio ideológico). El escritor entra al laboratorio social en donde se producen las ideologías, y las asume. Por eso la vida del hombre, como objeto de representación literaria, tiene como atmósfera el medio ideológico, el medio de los conflictos ideológicos.
El horizonte ideológico es el campo del conflicto social; allí se enfrentan las prácticas sociales donde se procesan las ideologías particulares. Pero ese horizonte ideológico se materializa en ideologemas, es decir, en comportamientos éticos, filosóficos, psicológicos, históricos… que se articulan para unificar los enunciados del texto e insertarse en el texto histórico-social.

Semanálisis de la novela Julia Kristeva:
El símbolo es misterio, totalidad, trascendencia y jerarquía; se establece en una relación natural entre el sentido y la expresión. Representa una idea bajo un solo aspecto. Envuelve a la realidad en un aura de misterio.
La simbolizado se vuelve irrepresentable e incognoscible porque la relación entre la trascendencia y la expresión no es directa; entre el significante y el significado no hay parecido, como tampoco inmediatez, y ambos están separados e incomunicados.
El símbolo es estático, inmóvil. Caracterización de personajes según el deber-ser. Es decir, no hay análisis de conflictos psicológicos e históricos. El simbolismo es la forma de expresión de la Edad Media. Por eso no hay novela.
Luego, con el Renacimiento, el hombre se hace centro y protagonista de la historia. El hombre no ve clara su relación con la periferia, y entra en duda acerca de sus posibilidades. Sin embargo, es consciente de sus límites, y se vuelve pragmático y racional. Adquiere conciencia del signo.

Símbolo: cosmogonía, dios, Universal, trascendente, mito y fe, univocidad, paradoja cero ironía, sacralidad, logocéntrico, visión épica, ahistoricidad, heroísmo.
Signo: historia, hombre, particular, inmanencia, razón, ambigüedad, paradoja, ironía, profanación, escritura, psicologismo, historicidad, antiheroísmo.

El signo se remite a entidades más concretas, objeto del mundo humano. Está hecho de unidades que al combinarse hacen del arte una cadena de desviaciones, de una estructura abierta, interminable.
La apertura hacia el signo se da por el individualismo. La novela se convierte en el género expresivo de la burguesía, clase fundadora del proyecto épico que reordena el mundo, sustrayéndolo a la voluntad divina y creando un orden universal que, confiado de manera optimista en la visión de progreso, mirará al hombre como sujeto del orden universal (la modernidad). La novela revela el ideologema ambiguo del signo. Así que el significado novelesco tiene una dimensión lógica y retórica. La ambigüedad del signo se debe a que no representa una elección frente a la realidad sino la adopción de esa realidad en sus dos caras. Por eso el enunciado novelesco es la resolución argumental de una díada temática. No se le da prioridad a ningún elemento. La totalidad novelesca no es un hecho en sí, sino una búsqueda que vive del cambio, de la trasformación.
En la novela latinoamericana se presenta una relación ambivalente que es multiplicidad de ideologemas, de formas, de símbolos ambiguos, de oscilaciones entre la lírica y la narración. La novela latinoamericana es un híbrido.
El texto literario redistribuye la lengua destruyéndola y construyéndola en una permutación o intertextualidad en donde los textos se cruzan, se neutralizan y se significan bajo el lenguaje.
El análisis de los niveles estructurales de la novela permite ver sus coordenadas histórico-sociales. El enunciado novelesco vincula los sememas en una estructura que permite identificar su procedencia extra-novelesca.
Entonces el análisis de la novela se debe hacer sobre esa estructura conformada por los sememas, y sobre las revelaciones intertextuales. Es como si se quisieran analizar sus órganos y sus relaciones con otros órganos.
La ambigüedad novelesca supone una puesta en conflicto entre la obligación y la prohibición, y en el cruce de oposiciones. También supone la ambivalencia entre la naturaleza de la palabra y La ambivalencia de sus relaciones con los objetos, que también resultan dobles.
Parece ser que la novela vincula el modelo estructural (la estructura literaria) al entorno cultural, y ubica a la palabra en el espacio (espacio cultural, supongo). Como que va y viene del espacio-tiempo cultural a la página, de la escritura al mundo que enuncia.
Para analizar la novela, así convertida en un terrible enredo, es necesario tener en cuenta la competencia y la actuación.
Competencia: nivel semiótico (genotexto): nivel abstracto compuesto por los actantes, los complejos narrativos y la intertextualidad.

Aactuación: nivel textual (fenotexto): plano de la manifestación, compuesto por los actores, citas y plagios y situaciones narrativas. Las funciones de ser y hacer de los actantes están dadas por el generador de actantes (conocimientos de los actantes, saberes que tienen, poderes, deseos). Las instancias narrativas relacionadas con las búsquedas y los deseos de los actantes son dadas por el generador de instancias narrativas. Se trata de los sintagmas verbales y nominales de la oración gramatical. Supongo que es algo así como Pedro quiere ir a comer papas fritas. De donde se puede sacar que Pedro conoce los poderes de la papa como tubérculo que calma el hambre, o que Pedro tiene hambre, y deseos de saciarla.

La intertextualidad fija la tradición textual, y establece un diálogo entre textos nuevos y viejos. Lo que define la literatura es ese discurso intertextual, que niega la autonomía de la novela como sistema que se baste a sí mismo, y cuya representación, más que hacer referencia a la realidad, apunta hacia los textos envolventes.   

Convergen en la novela el sujeto de la escritura, el destinatario y los textos exteriores. Se presenta un diálogo entre sujeto y destinatario, entre texto y el corpus literario.
La novela es una construcción dialógica y ambigua entre muchos textos. Por eso los enunciados novelescos son tan diversos. La ambivalencia da lugar a que se presenten en la novela la menipea, el carnaval, el doble, la cultura popular. La naturaleza novelesca es una construcción que dialoga con todo… 

Hassan / El pluralismo (diversas formas de valorar una obra) en una perspectiva postmoderna




¿Quiénes somos en este mismo momento?
Foucault.

El modernismo sufre de ciertos agotamientos. Por eso, algunos dicen que es el fin del impulso creador y el imperio ideológico del modernismo que, como movimiento cultural ha dominado todas las artes y ha dado forma a nuestras expresiones simbólicas durante los últimos 125 años.
En todo caso existe un pluralismo crítico sobre la idea del postmodernismo.

Características postmodernas:

1.    Indeterminación, o mejor indeterminaciones. Se incluyen todas las ambigüedades, rupturas y desplazamientos que afectan el saber y a la sociedad. Indecisión, relativización. Nuestras acciones, ideas e interpretaciones están penetradas por la indeterminación, y son ellas las que construyen nuestro mundo.
2.    Fragmentación. La indeterminación frecuentemente se deriva de la fragmentación. El postmodernista sólo desconecta; los fragmentos son todo lo que él aparenta confiar. Su último oprobio es la totalización: cualquier síntensis de cualquier tipo, social, epistemológica, incluso poética. De ahí su preferencia por el montaje el collage, el objeto literario hallado o despedazado, por las formas prácticas sobre las hipotácticas, por la metonimia sobre la metáfora, por la esquizofrenia sobre la paranoia. De ahí su apelación a la paradoja, a la parodia, a la parábasis, a la parapráctica, a la apertura de lo roto, los márgenes injustificados. Por eso Jean-Ffrancois Lyotard dice: Emprendamos una guerra contra la totalidad, demos testimonio de lo impresentable; activemos las diferencias y salvemos el honor del nombre. La época exige diferencias, significantes cambiantes, y hasta los átomos se disuelven en evasivas subpartículas, un mero susurro matemático.
3.    Descanonización. En el sentido más amplio, esto se aplica a todos los cánones, a todas las convenciones de autoridad. Somos testigos, dice Lyotard, de una deslegitimación masiva de los códigos maestros en la sociedad, un desuso de las metanarraciones, que presenta como sustituto a las pequeñas narraciones que preservan la heterogeneidad de los juegos del lenguaje. Se viene des canonizando la cultura, desmitificando el saber, des construyendo los lenguajes del poder, del deseo, del engaño. La burla y la revisión son versiones de la subversión, cuyo ejemplo más triste e incontrolado es el terrorismo. Pero la subversión puede formar otras formas, más benévolas, como los movimientos de minorías o la feminización de la cultura.
4.    Ausencia del yo, ausencia de profundidad. El postmodernismo anula al yo tradicional, simulando un autodesvanecimiento –una falsa lisura, sin dentro/fuera- o su contrario, una automultiplicación, una autoreflexión. Los críticos han notado la pérdida del yo en la literatura moderna, pero fue Nietzsche quien declaró al sujeto una mera ficción: el ego de quien no habla cuando uno censura el egoísmo no existe en modo alguno. Así el postmodernismo suprime o dispersa, y a veces trata de recuperar, el profundo ego romántico, que sigue siendo objeto de terrible sospecha como un principio totalizante. Perdiéndose en el juego del lenguaje, en las diferencias de que está hecha pluralmente la realidad, el yo encarna su ausencia incluso cuando la muerte acecha sus presas. Se difunde en los estilos sin profundidad, que rechazan, eluden la interpretación.
5.    Lo impresentable, lo irrepresentable. El arte postmoderno es irrealista, anicónico. Hasta su realismo mágico se disuelve en estados etéreos, sus superficies duras y lisas repelen la mimesis. La literatura postmoderna a menudo busca sus límites, mantiene su agotamiento, se subvierte a sí misma en las formas de silencio articulado. Se vuelve liminal, cuestionando los modos de su propia representación. Como lo sublime kantiano, que prospera con la ausencia de forma, la vacuidad, de lo Absoluto: no te harás imágenes esculpidas. Lo postmoderno propone lo impresentable en la presentación misma. Pero este desafío a la representación también puede conducir al escritor a otros estados liminares: lo abyecto, antes que lo sublime, o la muerte misma. O sea, el intercambio entre los signos y la muerte: ¿Qué es la irrepresentabilidad? Aquello que, a través del lenguaje, no forma parte de ningún lenguaje en particular… Lo que a través del significado es intolerable, incomprensible: lo horrible, lo abyecto, dice Kristeva. Pero de la deconstrucción se pasa a la reconstrucción.
6.    Ironía. En ausencia de principios cardinales o paradignas, nos volvemos hacia el juego, la interacción, el diálogo, el polígono, la alegoría, la autoreflexión; en resumen, hacia la ironía. La ironía supone la indeterminación, la multivalencia; aspira a la claridad, pero a la claridad de la desmitificación, la pura luz de la ausencia. La ironía, y todas sus posibilidades, expresan las inevitables recreaciones de la mente en busca de una  verdad que continuamente la elude, dejándola tan solo con un irónico acceso o exceso de autoconciencia.
7.    Hibridación, o la repetición mutante de los géneros, que incluye la parodia, el travesti, el pastiche. La desdefinición, la deformación de los géneros culturales engendra modos equívocos: paracrítica, discurso fictual, el nuevo periodismo, la novela de no-ficción y una categoría promiscua de paraliteratura o literatura del umbral, a la vez joven y muy vieja. El cliché, el plagio, la parodia, el pastiche. El pop y el kitsch enriquecen la re-presentación. La imagen o la réplica son tan válidas como el modelo: el Quijote del Pierre Menard de Borges… De este modo, aparece un concepto diferente de la tradición, en donde la continuidad y la discontinuidad, la alta y la baja cultura, se mesclan no para imitar sino para expandir el pasado en el presente. En este presente plural, todos los estilos están dialécticamente disponibles en una interacción entre el ahora y el no ahora, el mismo y el otro. De este modo se realiza el concepto de equitemporalidad, como dice Heidegger, una intertemporalidad, una nueva relación entre elementos históricos, sin supresión del pasado en favor del presente. O sea, que la literatura y el arte postmodernos son ahistoricos. O sea, como que todo al tiempo: (Nariño-Caldas recogiendo mugre de las aceras, taxonomizando mariposas negras que cazaba en las puertas de las casas y edificios en la Soledad).
8.    Carnavalización. La carnavalización incluye todas las anteriores, pero evoca el etos cómico absurdista del postmodernismo, anticipado en la heteroglosia de Rebelais y Sterne. Carnavalización significa polifonía, capacidad centrífuga del lenguaje, alegre relatividad de las cosas, el perspectivismo y la performance, la participación en el salvaje desorden de la vida. Lo que Bajtín llama novela o carnaval, o sea, antisistema, pudiera representar al postmodernismo mismo, o por lo menos sus elementos lúdicos y subversivos que prometen una renovación (la novela aparece siempre en momentos de crisis y cambio). Reconocer, como en la Edad Media, la lógica peculiar del al revés, del al contrario, de las parodias y travestis, de las degradaciones y profanaciones, coronaciones y descoronaciones cómicas. Es decir, la lógica de una segunda vida.
9.    Performance, participación. La indeterminación provoca la participación; los vacíos deben ser llenados. El texto postmoderno necesita ser escrito, revisado, respondido, actuado. La performance transgrede los géneros, y declara su vulnerabilidad al tiempo, a la muerte, al auditorio, al otro. Le teatro se hace principio activo de una sociedad paratáctica, descanonizada, realmente carnavalizada. El yo ocupado en una performance expresa una energía en movimiento, una energía en su propia forma; pero en su respuesta auto-descubridora, auto-observadora, y por último auto-gratificante a… las presiones y dificultades, también es posible que ese yo se desvíe hacia el solipsismo, que caiga en el narcisismo.
10.  Construccionismo. Como que el postmodernismo es tropológico, figurativo, irrealista –aquello en que se puede pensar debe ser, sin duda, una ficción pensamiento de Nietzsche, construye la realidad en ficciones postkantianas, en verdad postnietzscheanas. Los científicos ahora parecen sentirse más cómodos con las ficciones heurísticas que muchos humanistas, los últimos realistas de occidente. Estas ficciones sugieren una intervención de la mente en la naturaleza y en la cultura, y esto es un aspecto del nuevo gnosticismo, evidente en la ciencia y el arte, en las relaciones sociales y en las tecnologías. Hipótesis del mundo, modos de hacer el mundo. Movimientos prefigurativos. Uno no puede eliminar la contribución humana; aunque, a pesar de todo, hay un flujo sensible, lo que es verdad respecto a él parece que es, de principio a fin, un asunto de nuestra propia creación. el mundo es Uno solo en la medida en que sus partes están unidas por alguna conexión definida. Es muchos sólo en la medida en que no se establece ninguna conexión definida. Y, por último, está siendo unificado cada vez más al menos por esos sistemas de conexión que la energía humana sigue forjando mientras el tiempo pasa. James. Por eso el postmodernismo sostiene el movimiento desde la verdad única y un mundo fijo y hallado. Versiones o mundos contrarios en construcción.
11.  Inmanencia. La capacidad de la mente humana de generalizarse a sí misma mediante símbolos. Experimentamos hoy las disfunciones, dispersiones, diseminaciones, y extensiones de nuestros sentidos mediante los nuevos medios de la comunicación y las tecnologías. Los lenguajes, idóneos o mendaces, reconstruyen el universo, lo reconstituyen en signos de su propia hechura, convirtiendo la naturaleza en cultura, y la cultura en un sistema semiótico inmanente. Ha surgido el animal del lenguaje; su medida es la intertextualidad. Todo lo que la mente toca es pensamiento, significantes, conexiones. Todo esto compone su noosfera gnóstica. Ella es el objeto de estudio de todos. La mente se encuentra consigo misma todo el tiempo. En eso consiste su ironía reflexiva. La mente se adentra en la obscenidad de la forma pura y vacía.


El poder constriñe el relativismo postmoderno, y delimita el pluralismo crítico. El poder compromete al conocimiento. Para Foucault las prácticas discursivas están encarnadas en procesos técnicos, en instituciones, en patrones de conducta general, en formas de transmisión y difusión. Todo esto sesga, condiciona el conocimiento y su expresión. Sin embargo, también creía, con Nietzsche, que existe un interés egoísta detrás de todo poder y conocimiento. El poder sería entonces una volición del placer y el exceso, una relación evasiva un acertijo del deseo. Por eso el deseo es enigmático, visible e invisible, presente y oculto, ubicuo. El poder sería una cosa subjetiva que rechaza las identidades individuales de los ciudadanos.
La crítica sería un discurso del deseo y del poder, un discurso afectivo en sus orígenes personales.
La preocupación ideológica se manifiesta en todas partes. Algunos artículos exploran la política de la interpretación, y la fácil correlación con la crítica induce hasta a protestar contra la pseudopolítica de la interpretación. Algunos críticos reconocen a las instituciones políticas en sus obras. Se la pasan en reuniones del GRIP (Grupo de Investigación sobre la Institucionalización y Profesionalización de los Estudios Literarios). En conferencias de marxismo y crítica, feminismo y crítica, etnicidad y crítica, cultura de masas y crítica.
Otra pérdida es la de la imaginación como facultad autóctona, posiblemente redentora, de la mente. Se ha perdido o dilapidado la biblioteca imaginaria. Pero el anhelo por apropiarnos del arte por nuestros propios medios y ejercer nueva voluntad sobre los textos puede llevar a negar las capacidades que han realizado nuestra existencia histórica.

                                                     

Lozano Mijares / capítulos I y II





Modernidad (1789). Las ciencias, el sujeto, el tiempo lineal, la necesidad de ruptura y la búsqueda de lo nuevo, superación de lo medieval, y el comienzo del reinado de la razón físico-matemática, el rechazo a la tradición, la orientación hacia el futuro y el poder de la razón humana para conseguir la libertad. La fe absoluta en el progreso y la dimensión económica capitalista dirigirán los actos de la modernidad.
Hegel: El tiempo moderno es subjetivo, individualista. Nace el derecho de crítica, la autonomía de obrar: moral autónoma que reconoce los derechos del individuo, en armonía con los demás. La esencia del arte moderno El mundo moderno lleno de contraposiciones: naturaleza y espíritu, sensibilidad y entendimiento, entendimiento y razón, razón pura y razón práctica, capacidad de juzgar e imaginación, yo y no-yo, finito e infinito, saber y creer. Así inaugura Hegel el discurso crítico de la modernidad, la idea de crisis, tensión suicida de la modernidad en estado estado continuo de crisis por su oposición a la tradición y, al mismo tiempo, por el miedo a percibirse ella misma como tradición. De ahí su necesidad constante de novedad: no establecerse nunca, no fijarse nunca, para no convertirse en tradición.
Siguiendo a Hegel, Baudelaire es el principal crítico de la modernidad, máximo poeta moderno. Identifica modernidad y romanticismo: búsqueda de novedad, rechazo  de la tradición, exaltación de la imaginación del genio, antirrealismo, individualismo y anti-igualitarismo, unión de razón y belleza en contra de lo natural, exaltación de la máquina y del artificio, de lo transitorio y puro presente, desprecio hacia la masa vulgar y materialista. Define una modernidad dual, una modernidad estética y otra práctica, ligada, esta última, a la clase burguesa y capitalista; dualidad en conflicto, porque la primera se nutre de la segunda, pero también la destruye, y es devorada al mismo tiempo por su propia crisis. La posmodernidad será consecuencia directa de este estado de crisis permanente (69).
La esencia de la modernidad está en lo transitorio, lo fugaz y lo fragmentario.
Los seguidores de Hegel llevan sus propuestas a una crítica que se nutría de la propia modernidad, acentuando el valor de la existencia frente a la realidad racional que está sobre los hechos, la contingencia o la actualidad de la historia. Para Nietzsche, desde la izquierda hegeliana, la razón es el poder, pervertida voluntad de dominio. Es la vía del escepticismo científico que descubre la perversión de la voluntad de poder con métodos antropológicos, psicológicos e históricos, y que cristaliza en Bataille, Lacán y Foucault; la crítica metafísica continúa primero en Heidegger, y más tarde, en Derrida y Vattimo.
En la contradicción moderna  prima lo estético (Marx, Nietzsche, Benjamin), la imagen aparente, sobre el contenido esencial.
El nihilismo de Nietzsche se celebra como muerte de Dios, desvaloración de los valores supremos, deslegitimación generalizada, en contra del nihilismo de Heidegger, para quien la superación del nihilismo no es solo deseable sino también posible desde el momento en que el ser se disuelve y se convierte en valor. Las consecuencias en el arte serán la disolución del sujeto poético y el intento de expresar el silencio; destrucción de los géneros y parodia de modelos (cuota inicial de la posmodernidad).

El modernismo literario es moderno y anti-moderno: moderno por su compromiso con la innovación, por su rechazo de la autoridad de la tradición, por su experimentalismo; anti-moderno por su rechazo al dogma del progreso, por su crítica de la racionalidad, por su sensación de la pérdida de algo valioso, de la disolución de un gran paradigma integrado, la fragmentación de lo que fue una poderosa unidad (M. Calinescu).

La vanguardia será una de las vías del modernismo que celebra algunos de los aspectos de la modernidad práctica, como la fe en el futuro y en el progreso, y los adelantos técnicos. Rechazo la racionalización exacerbada de la vida diaria, la exaltación de la moral burguesa, la diferenciación de las esferas vitales. La vanguardia integra arte y la vida (dadaístas y surrealistas); el modernismo valora la autonomía de la obra artística.
Modernismo y vanguardia se diferencian, pues el modernismo no es solo ruptura sino recuperación, restauración de estilos que no sólo rechazaban la exaltación de lo nuevo, sino que buscaban conscientemente la recuperación del pasado(Ingres, Picasso, el Parnaso, Valéry, Eliot, Pound, o el tradicionalismo de la generación del 27 (Paz). La vanguardia (surrealismo y futurismo….) es una posibilidad del modernismo junto con los demás modernismos, cuyo rasgo común, incluidas las vanguardias, es el rechazo al mercado, algo que se invierte en el posmodernismo.
Existe una modernidad ortodoxa, triunfante, y otra crítica que fue colándose por los intersticios de la primera. De la tensión entre modernidad práctica y estética, junto a los efectos demoledores de la modernidad crítica, surgirán los problemas que nos conducirán a la crisis de la modernidad y al comienzo de la posmodernidad.
La modernidad práctica sustituye las normas de la tradición por otras nuevas relacionadas con la vida en la fábrica o en las regulaciones de la organización burocrática. Establece sus propias autoridades basadas en la ciencia, el desarrollo económico, la democracia y las leyes. Así se altera la personalidad del individuo: la identidad ya no se recibe sino que se construye, y responde a la organización racional de la vida: el urbanismo, las clases sociales, las funciones del hombre y la mujer…

La crisis de la modernidad acogió la queja romántica y su lucha por la individualidad, filtrándola en el movimiento simbolista (surrealismo, irracionalismo, existencialismo…) (73). Con el fin de evitar el retorno al dogma, la modernidad necesita poner constantemente en cuestión a la razón; esta relativización continua es el germen, junto a las razones arriba esgrimidas, del posterior nihilismo que comienza a reinar en Europa de finales de los sesenta, y que inaugurará la posmodernidad, manifestada tempranamente en la democratización de la cultura, el cinismo producido por la guerra de Vietnam, la oposición a una cultura europea universal por parte de los incipientes movimientos democráticos de la Europa oriental, y en fin, la revolución del 68.
Los peligros previstos por los pensadores comienzan a realizarse a principios de los años 60: la anomia y pérdida de la dirección, incertidumbre y soledad, un mundo en que los lazos con la tradición –familia, linaje, comunidad- se han roto; la racionalización del mundo social y del mundo natural causa la servidumbre burocrática, la sociedad de extraños en la ciudad, con su dosis de fugacidad, transitoriedad y superficialidad; las tres grandes enfermedades de la modernidad: el individualismo, que nos libera de la tradición pero nos confina a la soledad, suprimiendo la dimensión heroica de la vida; la razón instrumental, que reduce todos los ámbitos de la vida a un análisis de cortes y beneficios; y el llamado despotismo blando, organizado burocráticamente y contra el que los individuos, inmersos en el sistema, no pueden o no saben luchar, como anuncia David Lyon (74).
La modernidad estética es la respuesta, el reflejo de la realidad social y antropológica ante la que el artista reacciona con su propia visión de mundo. Pero la misma modernidad estética, junto a las propias contradicciones internas de la modernidad práctica, causa su propia destrucción.
La génesis de la modernidad estética está en el Romanticismo, Baudelaire y los simbolistas; la tensión crítica máxima está en las vanguardias, y su disolución en el modernismo tardío de Borges, Beckett, Navokov, Olson, y los creadores que vivieron las dos epistemes: moderna y posmoderna.
Estas fases comparten la ruptura con la tradición y la búsqueda de lo nuevo, lo nunca dicho antes, lo nunca representado, que, una vez dicho o representado, pierde validez. O. Paz define esto como arte vivo, relativo y mortal, porque su fundamento es la ausencia de fundamento, la incursión plena en el tiempo y su fluir, la imposibilidad de fijarlo, frente al arte de las edades clásicas que buscaba la permanencia, creyendo que la Obra sería eterna, aunque los hombres fueran mortales.
Los artistas responden con proyectos insatisfechos, porque las realizaciones concretas y la historia delatan su inadecuación a la realidad: el arte no es el único principio de realidad; no es posible de unir arte y vida (vanguardias históricas: el vuelco en el futuro, el profetismo, la compensación de la miseria presente por medio de un arte que salvaría la realidad escindida dotándola de un ámbito trascendental). Esteticismo y vanguardia son las dos  opciones fundamentales de la modernidad estética, junto con el enfrentamiento al canon clásico de belleza, aliando el bien (la belleza) y el mal (la fealdad) en una sola entidad (Las flores del mal).
Lo feo, lo maldito, lo grotesco serán asuntos artísticos; se usa la ironía distanciar entre el sujeto y el objeto artístico; se quiebra el yo empírico como ideal de unidad y elemento referencial del texto; disolución de la subjetividad en fragmentos heterogéneos; presentación de un mundo desmembrado e incoherente en lugar de un mundo unitario; fusión y mezcla de lo heterogéneo y contrapuesto, destrucción de la realidad objetiva como referente inmediato y obligatorio del texto, importancia del ritmo y a la musicalidad en donde reside la belleza artística, que ya no se puede expresar de forma racional y lógica.
Destrucción de principios tradicionales, pero también negación de sus propios postulados artísticos en continuo movimiento de autodestrucción. El lenguaje literario se vuelve objeto de reflexión de la práctica poética. El lenguaje no puede representar el mundo según normas consensuadas socialmente y se abre un abismo entre palabra y cosa, lenguaje y realidad: quiebra de la racionalidad y la progresiva disolución del sentido único y dominante del texto (76).
Arte temporal y mortal que en su lucha por encontrar lo nuevo recupera el arte más antiguo de todos (las tradiciones orientales, el arte prehistórico), que destruye el concepto tradicional de mímesis (representación de la realidad como presencia), y se convierte en arte ausente. De ahí su dimensión trágica.
Belleza y representación son sustituidas por la experimentación y la creencia en el progreso infinito, en la utopía. Uso del fragmento, descomposición y quiebra, recomposición por parte del yo del artista, y por lo tanto obra que se convierte en un misterio.
Pero la pretensión de una estética cerrada y sistemática será sustituida por el desarrollo híbrido de las manifestaciones artísticas. El propio objeto artístico provoca la crisis de la modernidad estética al convertirse en un producto histórico, ya que anulará cualquier criterio jerárquico o canónico.
El agotamiento de la modernidad práctica estallará a principios de los años 70, fecha que inaugura la episteme moderna en forma de rebeldía, pero también de cansancio ante la situación que se considera opresiva e injusta: la verdadera catástrofe de la modernidad resulta no tanto del saldo de víctimas que se ha cobrado sino de la conciencia propia de que esas víctimas han sido causadas por los mecanismos internos de un sistema que se pretendía el más humano de todos.

…el nacionalsocialismo, el fascismo, el estalinismo nacen del interior, del contexto, del ámbito y los instrumentos administrativos y sociales de las altas esferas de la civilización, de la educación, del progreso científico y del humanismo, tanto cristiano como ilustrado (G. Steiner 2001).

El proyecto de la modernidad llevaba dentro la semilla de la destrucción:

Los conciertos brillantes, las exposiciones en grandes museos, la publicación de libros eruditos, la búsqueda de una carrera académica, tanto científica como humanística, florecen cerca de los campos de la muerte. La ingenuidad tecnocrática sirve o permanece neutra ante la llamada de lo inhumano. El símbolo de nuestra era es la conservación de un bosquecillo querido por Goethe dentro de un campo de concentración (Habermas).

Frente al declive del proceso de racionalización y del proyecto de emancipación social de la modernidad, basados en una normativa totalizante, eurocéntrica y unificadora, la posmodernidad celebrará el pluralismo, el descentramiento.
Pero no habrá una nueva pauta estética dominante en la posmodernidad, sino una sensibilidad asentada sobre la desaparición de la homogeneidad y la disolución de los discursos globales (John Cage, Laurie Anderson, Philip Glass, Wim Wenders, Peter Greenaway, Rainer Werner Fassbinder… y García Márquez.
Pérdida del interés por la novedad, desprestigio del experimentalismo, desconfianza hacia todos los discursos normativos y sistemáticos, la defensa de la libertad, desmoronamiento de la noción de progreso en las artes, crítica a la representación tradicional, individualismo hedonista, búsqueda de la tradición junto a la recuperación y reactualización de los materiales estéticos, fragmentarismo y eclecticismo.
El modernismo recupera la función trascendente que la filosofía pierde, para compensar con el individualismo la realidad burocrática y automatizada de la modernización. En oposición, el posmodernismo es el final de la utopía: el pasado, la historicidad y la memoria colectiva han desaparecido, y sólo pueden recuperarse transfiriéndolos al presente, mediante simulacros.
La ideología de lo nuevo desaparece en el posmodernismo. La sensación de lo nuevo, el sentido utópico de transformación del yo y del mundo, fueron posibles porque la modernización coexistía con las estructuras arcaicas. Cuando el pasado desaparece, no tiene sentido la celebración de algo que no se identifica con el presente.
El posmodernismo es la anulación del sentido de lo nuevo mediante su propia repetición continua.
La posmodernidad no es destrucción sino deconstrucción de los presupuestos modernos para subvertirlos y señalar sus deficiencias. Esta deconstrucción se aplica a la sociedad, al lenguaje, al sujeto y a la historia.

La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica; rompió con las jerarquías de sangre y soberanía sagrada, con las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución, del futuro. Nuestras sociedades se construyen contra estos principios, ávidas de identidad, de diferencia, de conservación, de tranquilidad, de realización personal inmediata; se disuelven la confianza y la fe en el futuro; nadie cree en el porvenir radiante de la revolución y el progreso; la gente quiere vivir en seguida, aquí y ahora, conservarse joven. Nadie quiere forjar al hombre nuevo (Gilles Lipovesky).

1968.
Lyotard: la idea de progreso es una meta-narración: la ciencia es una forma más del discurso, y la tecnología no implica el descubrimiento de la verdad, sino la consecución del control y el aumento de poder (el poder de la gran empresa millonaria de los contenedores itinerantes, no el de unos cuantos chicos con arduinos en las manos). No importan la realidad ni la verdad sino el rendimiento, la performatividad.
La comunicación electrónica crea la comunidad global, la idea de un solo mundo en el que se anulan el tiempo y el espacio, en un simulacro de realidad descompuesta en imágenes (Baudrillard), fragmentaria y dispersa, que anula la distinción entre el mundo real y el de los medios de comunicación, (Blade Runner, Matrix y El show de Truman), narraciones que siguen la huella de Las ruinas circulares o Niebla, textos modernos que prefiguran la episteme posmoderna.
El fin del progreso es el fin de la historia como meta-narración. Acabados el colonialismo y el imperialismo, se demuestra que la vía europea no es la única; no hay una historia unilateral, sino un pasado con múltiples y distintos puntos de vista, lo que provoca la multiplicidad, muchas veces contradictoria, que conduce a una libertad también contradictoria: no hay una realidad estable sino múltiple (como lo que pasa en Respiración artificial). Se erosiona el propio principio de realidad: el presente solo se conoce a través de la pantalla del televisor… pero del Medioevo, en cambio, tengo un conocimiento directo (Umberto Eco).
El fin de la historia unilateral, provoca que la búsqueda de lo insólito y la novedad se conviertan en algo banal y sumiso con el sistema, y entramos en la crisis de la modernidad en el arte con su carga de amoralismo, escepticismo, nihilismo histórico, cinismo, decepción hacia los ideales de vanguardia y las ideas totalizadoras, y ausencia de expectativas.  
La condición posmoderna es la conjunción de las tecnologías de la comunicación y la cultura de consumo, que reduce todas las cosas a su valor de cambio, eliminando valores permanentes y provocando una relatividad absoluta. Crisis de la legitimación, del supuesto fundamental de la modernidad: su infinita capacidad de adaptación mediante la racionalidad y el progreso.

La crisis del significado:
(Kristeva, Foucault, Deleuze, Derrida, Barthes…). Relativismo y destrucción del significado. No es posible fijar un significado único, estable y central en los textos; la palabra escrita está inmersa en un proceso pragmático que anula la posibilidad de comprensión única. Juego indefinido de semiosis, polisemia inestable e indefinida (caso posible de Respiración artificial, por aquello de que la historia es suma de voces).

Umberto Eco: lo característico de la obra de arte como energía, proceso o movimiento es su apertura o formatividad: la obra no es un hecho (algo terminado) sino un progreso de hacerse. Por eso el lenguaje se funde en infinitas presuposiciones: el lector re-crea el texto; no lo interpreta hermenéutica o semióticamente, sino que es demiurgo de la estructura de la obra. Por eso es imposible un significado definido, y la semiosis se torna ilimitada; no existe un límite objetivo de significación, sino la polisemia infinita, en todo caso condicionada por las intenciones del autor, del texto y del lector.
Derrida, siguiendo a Nietzsche: con la muerte del autor, es preciso que el lector reelabore y combine los textos (collage como instrumento hermenéutico). La razón es insuficiente, como el logocentrismo  que nos dice lo que no es, pero no nos dice lo que es (acto-potencia, acto-existencia), obligándonos a percibir lo empírico por contigüidad, comparación o metáfora. A este concepto opone Derrida el espacio del desgarramiento, de la sutura, hasta el que el lenguaje lógico no puede llegar. La única posibilidad de trascender desde el espacio de lo relativo al espacio de lo absoluto, será la escritura, entidad que se asimila al de la poiesis, o creación.
El significado lo constituyen el deseo del autor y el deseo del receptor del texto. La imagen del significado como centro se desvanece, dando lugar a la marginalidad o periferia significativa y a la diseminación, porque la escritura se resiste a dejarse reducir a un centro significativo; el espacio real del significado estará, para Derrida, en los márgenes del enunciado, no en el enunciado mismo.
Multiplicidad de discursos y sujetos, pluralidad de lenguajes, diseminación de significados, metáforas obsesivas, opacidad de la escritura, revalorización de lo heterogéneo, sentido del final y del apocalipsis, forman parte de las tendencias sociales y culturales del discurso posmoderno.

Foucault: la poesía plantea el retorno, la transgresión, el límite, la oposición al orden del discurso y del proyecto de la historia. La poesía y la locura rompen la episteme (organización de la experiencia y construcción de la subjetividad, un orden racional basado en el lenguaje que media entre los códigos primarios de una cultura, un sistema de conocimiento que es a la vez un límite de la experiencia posible).
Tres epistemes: renacentista, clásica y moderna. Cada episteme condiciona la percepción y el pensamiento de cada época por medio del lenguaje. La poesía y la locura, en lucha contra el lenguaje, podrían liberarse del orden representativo, de la episteme.
El discurso es cómplice del poder, el conocimiento se reduce al poder sobre los demás. La razón impuesta por la modernidad impide la libertad, y encarcela al hombre en jaulas contra las que, al no ser consciente de ellas, no puede luchar (la burocracia es una de esas jaulas junto con el panóptico: la sociedad moderna es una prisión generalizada que ejerce diversas formas de control y dominación.
(Kristeva, Barthes, Paul de Man, Deleuze y Guattari): crisis del significado y de deconstrucción de metanarraciones occidentales como el psicoanálisis, el marxismo, la crítica textual o metafísica. Relativización de la unidad significativa en todos los campos del saber humano.
Los teóricos de la posmodernidad serán Gianni Vattimo, y Jürjen Habermas.

Vattimo: no hay una fundamentación única, última, normativa. No pretende buscar y proponer una fundamentación distinta a la moderna, ni remitir a intenciones totalizadoras. Ante la crisis de la idea de verdad, la posmodernidad propone múltiples tendencias y reflexiones acogidas bajo la denominación de pensamiento débil.
Pensamiento débil: debilitamiento del ser que se libera del carácter de estabilidad y presencia. El ser debilitado es evento, acaecer.
El pensamiento débil rechaza la vigencia de la razón clásica y la nostalgia de reconstruir una razón global (Deleuze, Foucault, Derrida, considerados nostálgicos de la metafísica), lo que impide llevar hasta las últimas consecuencias la experiencia heideggeriana del olvido del ser y la muerte de Dios proclamada por Nietzsche. El pensamiento débil intenta encontrar el ser entendido como huella o recuerdo, un ser debilitado y consumido, en la identificación entre ser y pensar. No se trata de reencontrar el ser originario y verdadero que la metafísica ha olvidado al transformarse en cientifismo y tecnología. El pensamiento débil es una paradoja: pretende separarse de la razón-dominio, pero sabiendo que no puede hacerlo del todo. Es el mismo callejón sin salida, solo que de signo inverso, que supone la pretensión de enfrentarme a la posmodernidad desde la razón.
La modernidad deja de existir, porque no hay historia como entidad unitaria que implica un centro alrededor del cual se ordenen los acontecimientos (el nacimiento de Cristo y la zona de Occidente, lugar propio de la civilización frente a los primitivos, las naciones en vías de desarrollo). Esa manera de entender la historia es ideológica: responde a la representación del pasado construida por los grupos dominantes, dejando por fuera todo lo demás.
Sin historia no hay progreso: los acontecimientos no realizan un plan racional de mejora, educación o emancipación. El sentido de la historia era la realización de la civilización (del hombre europeo moderno). Pero los pueblos primitivos se han rebelado: el ideal de hombre europeo civilizado es solo uno más. El terror es la negación de esto último (Lyotard).

Los medios de comunicación, junto al final del colonialismo y del imperialismo, conforman el segundo factor que ha disuelto la idea de historia y ha acabado con la modernidad. Las premisas de Vattimo son:
Los medios de comunicación caracterizan a esta sociedad no como una sociedad más transparente, más consciente de sí, más ilustrada, sino como una sociedad más compleja, caótica. En este relativo caos residen nuestras esperanzas de emancipación.
Los medios de comunicación impiden la historia como un decurso ordinario, porque han diluido los puntos de vista centrales (metarrelatos del poder). Explosión y multiplicación de concepciones de mundo; las minorías toman la palabra y todo es considerado objeto de comunicación. Es imposible concebir la historia según puntos de vista unitarios. Intensificar las posibilidades de información acerca de la realidad hace menos concebible la idea de una realidad estable. ¿Qué será ahora la realidad? cruce y contaminación de múltiples imágenes, interpretaciones y reconstrucciones que distribuyen los medios en competencia mutua y sin coordinación central alguna, una realidad virtual e individual que depende del ojo que la mira, tan válida como cualquier otra. La nueva representación de los medios de comunicación es una fabulación del mundo, y es por ella que nuestra sociedad se rige.
Esta fabulación del mundo explicaría el regreso un pensamiento de corte mítico y narrativo como superación de la oposición entre racionalismo e irracionalismo, una forma de representarse el mundo débil e individualista, pero capaz de concedernos un espacio de libertad que las seguridades modernas nos habían negado.
La emancipación se asienta sobre la oscilación, la pluralidad, y la erosión del principio de realidad.
La imagen de una realidad ordenada racionalmente sobre la base  de un principio es un mito asegurador (Nietzsche), una forma de reaccionar ante una situación de peligro y violencia: trata de adueñarse de la realidad echando mano del principio primero del que todo depende, asegurándose de manera ilusoria el dominio de los acontecimientos. Heidegger continúa la intuición de Nietzsche diciendo que concebir el ser como un principio fundamental y la realidad como un sistema racional de causas y efectos no es más que extender a todo el ser el modelo de objetividad científica, reduciendo las cosas, para poder controlarlas, al nivel de puras apariencias mensurables, manipulables, sustituibles, igual que reduce al hombre.
Ante la pérdida de sentido de la realidad, Vattimo se pregunta si sólo cabe la nostalgia de una realidad sólida, unitaria y estable. La respuesta es negativa: esa nostalgia del padre, o nostalgia de Dios sería una actitud casi neurótica, significaría esforzarse por reconstruir el mundo de nuestra infancia, cuando la autoridad familiar era a la vez amenazante y aseguradora (como le pasa a algunos cubanos). Por el contrario, el alcance emancipador de la pérdida de sentido de la realidad reside en el desarraigo, en la liberación que ofrece la asunción de las diferencias y lo múltiple, lo local, el dialecto: si soy consciente de que mi mundo, que es solo uno de los muchos posibles, podré asumir los otros y respetarlos.
Esta emancipación se identifica, para Vattimo, con lo que Nietzsche llamaba superhombre, y con lo que nos ofrece la experiencia estética que describe Dilthey: permitirnos vivir otros mundos posibles, mostrándonos así también la contingencia, relatividad y finitud del mundo en el que estamos encerrados. Los medios de comunicación nos permiten contactar con la pluralidad de culturas.
Pero es una libertad problemática, pues los medios de comunicación pueden ser el control del Gran Hermano, o la banalidad estereotipada y el vacío de significado, aparte de que cause miedo concebir la oscilación como libertad. Al mismo tiempo supone la oportunidad de un nuevo modo de ser humanos, la esperanza implícita en los filósofos nihilistas: el ser no es algo estable, tiene algo que ver con el acontecimiento, el consenso, el diálogo y la interpretación.

Contra las firmezas del modernismo, la posmodernidad se orienta a mantener vivo el desarraigo, oscilación, desfondamiento o shock de una sociedad regida por los medios de comunicación de masas. Como ocurre con el pop art, se recupera el concepto de belleza en términos de significado, no de trascendencia de lo real. Lo bello no es representación sensible de una verdad inmutable. Lo bello como esencia del arte en la posmodernidad responde a los supuestos de la sociedad de masas, y la respuesta generalizada del “arte auténtico” sería el suicidio y el silencio, reaccionando al impacto de la técnica, o a la eliminación del discurso sobre el genio y el aura.

Habermas: los seguidores del posmodernismo (Lyotard) son neoconservadores. La modernidad es un proyecto no acabado; el proyecto de la Ilustración, envejecido, ha sido mal entendido. La modernidad estética: la progresiva autoreferencialidad del arte, su alejamiento de la representación y la asunción de técnicas y medios de expresión como objeto estético, conducen a la alienación del arte con respecto a la vida.
Las intenciones del proyecto moderno fueron traicionadas por una práctica errada. La desilusión ante las consecuencias de una modernidad traicionada en sus mismos supuestos refuerza sus posturas, denominadas neoconservadoras. Para recuperar el proyecto original, es preciso unir los principios opuestos de la especialización y la popularización, por medio de una teoría social totalizante basada en el consenso universal, realizable por medio del discurso o diálogo de argumentaciones.
¿El  proyecto de la arquitectura moderna era también un proyecto inacabado, había sido traicionado en un momento determinado?
La arquitectura moderna fue la única respuesta que tuvo la fuerza de crear sus propios modelos a partir del racionalismo occidental; se convirtió en un clásico desde la nada, rechazando la tradición anterior, traspasando las fronteras nacionales. Pero se convirtió en un fracaso, y degeneró paradójicamente en algo peor que aquello contra lo que luchaba, en la alienación del individuo por parte del sistema, en la sumisión del habitante a una construcción de la que no formaba parte.
La propuesta de los arquitectos posmodernos le parece escapista, tradicionalista, retorno al pasado y neoconservadora, pues ignora los alcances de la modernidad cultural.
Se pueden rescatar los principios del proyecto de la modernidad, y aplicarlos de manera correcta, recuperando la razón, y llegando a acuerdos válidos y a un consenso universal.
El proyecto de la modernidad se puede retomar en el momento en que cambiamos la razón subjetiva por la razón comunicativa. Toca reinterpretar la modernidad, en relación al nuevo concepto de racionalidad que es el de la razón comunicativa, una razón que no es pura sino encarnada en relaciones de acción comunicativa y no separada de la vida. ¿En qué momento el proyecto tomó el camino equivocado hacia la posmodernidad? Esto convierte a Habermas en un filósofo de la posmodernidad en contra de la posmodernidad. Aboga por un regreso a los ideales de la modernidad.

Frederic Jameson: el capitalismo posterior a la Segunda Guerra Mundial suponía una ruptura con respecto al pasado y sus antiguos modos de organización del capital.
Los autores posmodernistas responden contra las formas establecidas del modernismo clásico y la difuminación de límites anteriormente claros, como aquel que separaba la cultura superior y la cultura popular o de masas, al incorporar textos paraliterarios en las obras.
El fin del modernismo se sitúa en el expresionismo abstracto en la pintura, el existencialismo en la filosofía, las formas finales de la representación en la novela, las películas de los grandes autores o la escuela modernista en poesía. El capitalismo tardío, el capitalismo avanzado, consumista o multinacional de la posmodernidad, es la última de las tres revoluciones de la tecnología engendradas por el modo de producción capitalista a partir de la primera revolución industrial a finales del siglo XVIII.
El posmodernismo (consecuencia en el arte de una nueva episteme: la posmodernidad) es la expresión estética de una nueva realidad social, económica y cultural que obedece a las leyes del capitalismo tardío y multinacional.
El posmodernismo comienza cuando el arte, lejos de oponerse subversivamente al sistema, como hacía en la modernidad, va de la mano con la cultura oficial, la cultura de la sociedad del espectáculo o sociedad de la imagen gobernada por los medios de comunicación de masas (como hace la obra de Efraím Medina Reyes).
El posmodernismo responde al concepto de norma hegemónica o de lógica cultural dominante.
El pastiche y la esquizofrenia. Estos dos rasgos fundamentales forman parte de los cinco constituyentes fundamentales del posmodernismo: una nueva superficialidad, relacionada con la nueva cultura de la imagen y del simulacro; el debilitamiento de la historicidad, relativa tanto a la historia oficial como a la nueva temporalidad individual de estructura esquizofrénica, un subsuelo emocional nuevo, explicable a partir de las antiguas categorías de los sublime de Burke y Kant, la influencia de las nuevas tecnologías como consecuencia del orden internacional globalizado y multinacional del capitalismo tardío, y la nueva experiencia del espacio urbano.
Para ejemplificar la nueva temporalidad, recurre a un cuadro de Van Gogh y a uno de Warhol.
En el de Van Gogh (Un par de botas) ofrece un acto compensatorio: el modernismo es el síntoma de una realidad más amplia que oculta una verdad última, verdad que ha de ser desvelada mediante una lectura hermenéutica. Pero la obra de Warhol, Zapatos de polvo de diamante, remite a la mercantilización de la realidad y hace imposible el acto hermenéutico; el mundo objetivo es un conjunto de textos y simulacros superficiales. El sujeto se ubica en este mundo superficial opuesto por completo al impulso utópico de la modernidad.
En la obra de Van Gogh, un mundo quebrantado, el del campesino, se transforma en la estridencia cromática de la Utopía merced a un acto de voluntad. En la de Warhol las cosas revelan el sustrato inerte en blanco y negro del negativo fotográfico, pues se les ha arrancado la superficie externa y coloreada, degradada y contaminada de antemano por su asimilación a las lustrosas imágenes publicitarias.
La mercantilización de objetos y sujetos leva a la pérdida de afectividad, un giro en la dinámica de la patología cultural con respecto a la modernidad. Es el ocaso de los afectos en la cultura posmoderna. Mientras que la episteme moderna se definía por la angustia, alienación, histeria, neurosis, aislamiento radical, anomia, soledad o rebeldía individual, la sensibilidad posmoderna se define por la esquizofrenia, la fragmentación, la autodestrucción y la muerte del sujeto como final del yo o del individuo autónomo burgués.
Con la muerte del sujeto desaparecen aquellas patologías (ese ocaso de los afectos), y el estilo único y personal, sustituido por la primacía de la reproducción mecánica.
La pérdida de la afectividad conlleva el abandono de las grandes temáticas modernistas de la temporalidad, pues ya no habitamos la diacronía sino la sincronía, nuestra vida está dominada por categorías más espaciales que temporales.

Las relaciones de la posmodernidad con el tiempo, con el pasado, están marcadas por el pastiche.
La parodia es imitación estilística que se burla del original, y necesita de la existencia de un lenguaje normal que funcione como elemento comparativo del lenguaje particular que se quiere mimetizar. Pero cuando desaparece el lenguaje normal, pues han surgido los lenguajes individuales modernistas y no es posible hablar de discurso ordinario, y además porque la pluralización y la heterogeneidad de los lenguajes ha llegado a su punto extremo en una sociedad fragmentada lingüísticamente, la parodia se hace imposible y aparece el pastiche, sin sátira y risa paródica (no expresa el sentimiento de que existe algo normal en comparación). El pastiche es parodia neutra, sin sentido del humor. La afirmación de un lenguaje individual se hace inverosímil. Resulta imposible la mímesis realista cuando el concepto de realidad deja de existir, destruido por la hiperrealidad. La estética modernista estaba basada en la concepción de un yo único que genera una versión del mundo y un estilo únicos e inimitables; el pastiche funciona en la era de la muerte del sujeto, del fin del individualismo. Por eso el arte posmoderno se ocupará de expresar, temática y formalmente, el fracaso de lo nuevo y el fin de la estética individual; de ahí el cine nostálgico o retro.
En un mundo convertido en imagen de sí mismo, en espectáculo, en hiperrealidad, el pasado se ha convertido en una vasta colección de imágenes y en un simulacro fotográfico multitudinario. La extensión del pastiche en la interpretación del pasado conlleva la muerte de la historia, suplantada por un historicismo que convierte el pasado en simulacro, en una copia idéntica de la que jamás ha existido el original (¿Cómo en Pubis angelical?). No solo se ha puesto entre paréntesis el pasado en cuanto referente, sino que ha desaparecido, convertido en textos susceptibles de imitación, juego y utilización.
La posmodernidad también se representa a sí misma por medio del pastiche, pues se representa a través de las imágenes que tiene de sí misma, confundiendo pasado y futuro en un solo presente plano. Son las películas que interpretan la realidad presente del mismo modo nostálgico, como si fuéramos incapaces de analizar nuestro presente sin el filtro de las representaciones estéticas del pasado, el cual, al mismo tiempo, ya no será recuperable sino a través de imágenes y estereotipos, anulando las distancias entre pasado y presente.
El pastiche se completa con la esquizofrenia en el sentido de una ruptura entre significantes, lo que provoca la imposibilidad de sentido. El esquizofrénico no puede ordenar coherentemente el presente, el pasado y el futuro no solo de la frase, sino también de su propia identidad, de su vida psíquica: ya no puede concebir su identidad como algo estable, como algo que persiste a lo largo del tiempo, y se ve arrojado a vivir en un presente perpetuo con el que los momentos de su pasado tienen escasa conexión y para el que no hay ningún futuro concebible en el horizonte.
La percepción posmodernista es cercana al collage cubista (diferencia radical)  que responde a la euforia y a los nuevos efectos o intensidades provocados por la esquizofrenia. El efecto estético que se produce es de júbilo o regocijo alucinatorio ante lo superficial, y el contenido de las representaciones gira en torno a la mercantilización de sujetos y objetos.
Esta euforia por lo superficial se llama sublime histérico, sublime tecnológico o posmoderno, en donde el texto trata de representar estéticamente las máquinas de reproducción y simulación –computadores y televisiones- propias de las tecnologías del capitalismo avanzado, diferentes de las máquinas de producción, representadas por los futuristas, propias del capitalismo anterior de la modernidad.

No es la tecnología la que provoca la ruptura con la modernidad, sino el nuevo capitalismo avanzado. La tecnología es el símbolo, la posibilidad de representación de la red de poder y control del sistema capitalista multinacional. De ahí surge la nueva literatura, denominada paranoia de alta tecnología, que tematiza teorías de la conspiración, expresión directa de lo sublime posmoderno.
Capitalismo avanzado: mercado y medios de comunicación de masas. La simbiosis entre mercado, estructura totalizadora de la sociedad posmoderna, y los media lleva a la desaparición gradual del lugar físico del intercambio de mercancías (venta por Internet o por televisión), y a una tendencia a identificar la mercancía por su imagen, su marca, o logo.
Ya no se consumen productos sino la propia idea de mercado. La imagen es la forma final de la mercancía, en un mundo donde el referente ya no existe. Pero la posmodernidad lo que supone es la trasformación de esos elementos, que habían sido secundarios o menores en el arte modernista.
La posmodernidad es una visión de mundo que parte de la continuación de un cierto tipo de modernidad denominada modernidad otra por Simón Marchán, y que se sitúa en los límites de la modernidad ortodoxa y triunfante.
El posmodernismo expresa la lógica del nuevo sistema mediante la amnesia histórica, que aúna los rasgos de pastiche y esquizofrenia. Ante la desaparición de un sentido de la historia, nuestro sistema social ha empezado a perder su capacidad de retener su propio pasado, y ha empezado a vivir en un presente perpetuo que arrasa todas las tradiciones.
La trasformación de la realidad en imágenes que supone el pastiche, junto a la fragmentación del tiempo en una serie de presentes perpetuos impuesta por la esquizofrenia, conforman una sociedad amnésica gobernada por los medios de comunicación, cuya función informativa sería, paradójicamente, la de ayudar a olvidar, haciendo que el presente se convierta rápidamente en pasado, sustituyendo hechos actuales por hechos históricos.
El espacio se ha convertido en un hiperespacio que propone la ampliación de nuestra sensibilidad hacia nuevas dimensiones para las que nuestra percepción, formada en el espacio modernista, no está preparada.
El hiperespacio y la tecnología representan la incapacidad del sujeto posmoderno de ubicarse en un espacio ordenado.
Jameson aboga por la recuperación pedagógica y didáctica del arte para que sea capaz de ayudar al sujeto a reubicarse en este tiempo amnésico y en este hiperespacio posmodernos por medio de la invención y el diseño de mapas cognitivos globales, sociales y espaciales que devuelvan al individuo una representación válida de su lugar en el sistema global (el maping).
Superar, como sujetos individuales y colectivos, la confusión espacial, temporal y social en la que estamos sumidos.  
1998: ante el miedo al vacío propuesto por el pensamiento posmoderno originario, se generaliza el intento de recuperar la modernidad en tanto que proyecto falseado e inacabado (Habermas). Resucitan algunos aspectos de la modernidad, en teoría anulados por la posmodernidad.
Aumenta la diferencia en lugar de la democratización igualitaria. Regresan temas vetados en los ochenta (por ser modernos) como la posibilidad de restaurar la ética y la política, el retorno del sujeto y el redescubrimiento de la estética. Pero esta vuelta a los contenidos modernos es posmoderna, puesto que es un pastiche puro:
Las obras más recientes proponen el pastiche de las teorías de la modernidad en su intento por oponerse a la frivolidad posmoderna. Pastiche de textos más antiguos sobre un supuesto pasado más saludable, pastiches posmodernos de una ética y una filosofía anteriores, de las teorías políticas anteriores, de las teorías de la modernidad, la ejecución de las anteriores movidas filosóficas como si todavía tuvieran algún contenido, la resolución ritual de problemas que desde hace tiempo se convirtieron en simulacros, el discurso de sonámbulo de un sujeto hace ya mucho históricamente extinguido.

Se reitera la imposibilidad de dar marcha atrás. Podría decirse que la narrativa de los noventa es neo-moderna y no posmoderna, aunque es un hecho el derrumbamiento de las viejas creencias y el vacío absoluto ante su desaparición (1968). La posmodernidad, como visión de mundo, destruye pero no reconstruye. Dos opciones: reconstruir, o celebrar el vacío total.
Algunos dicen que la posmodernidad es una intensificación dialéctica del viejo impulso moderno hacia la innovación, una especie de ultra-modernidad posindustrial: Lyotard defiende una posmodernidad como algo que precede y prepara la modernidad, y que ahora, con las nuevas condiciones que ofrece la sociedad posindustrial, puede realizarse; otros dicen que la posmodernidad es la degeneración de lo peor de la modernidad (Manfredo Tefuri).
En algunas tendencias artísticas como el New Dada, el pop art y el boom literario latinoamericano se advertían rasgo que repetían los de las primeras vanguardias; por eso se habla de vanguardismos de los sesentas y de neo-vanguardias. Estas tendencias aúnan la racionalidad tecnológica con los restos de las vanguardias históricas. Aparentemente repiten ciertos rasgos, como la exaltación de los adelantos técnicos, la integración del arte y la vida o la pretensión de romper violentamente con el pasado y la tradición. Sin embargo, episteme posmoderna no se puede identificar con el pasado, pues el contexto social y político de la vanguardia, la modernidad, estaba muriendo.
Los vanguardismos de los sesentas llevan al extremo algunas de las propuestas de las vanguardias históricas, provocando su realización más completa y su muerte. La reacción del arte ante esta muerte será el posmodernismo. El arte se da cuenta de que ya no puede trascender la fragmentación de lo real; ya no quiere esa misión utópica. Esta conciencia es la que lleva a la nueva superficialidad que ya vimos.
El arte como compensación utópica (Van Gogh) se ve sustituido por una reacción hacia el sujeto y la interioridad, hacia el arte como refugio, como intento individual de recuperar la alegría de vivir: coraza irónica frente a la realidad. De este modo surge un nuevo escepticismo lúcido. En el posmodernismo el arte aparece como compensación, pero no como realidad trascendental que se oculta bajo la obra bajo formas estéticas, sino como regresión y ocultamiento en el interior del yo. El arte como salvación ha sido remplazado por el arte como consuelo, pero un consuelo consciente de su inutilidad, y por tanto, irónico (Opio en las nubes).
Hay dos finales del arte según Jameson: el de la modernidad y el de la posmodernidad. En cuanto al primero, el modernismo cumplió la profecía de Hegel, sobre la muerte del arte, pero solo parcialmente. Apareció un nuevo tipo de arte, el modernismo, que acabó con el antiguo y ocupó el lugar de la filosofía, usurpando todas sus pretensiones a lo Absoluto y la Verdad.
El antiguo arte, el que muere con el modernismo, es el que corresponde a lo Bello según Kant, y queda reducido a lo decorativo, sin pretensiones de Verdad ni de Absoluto. Frente a él, el modernismo se identifica con lo Sublime, llegando donde la filosofía no pudo: lo Absoluto y la Verdad. Es decir, que el arte moderno anulará el arte como representación de lo Bello, y se dedica a buscar una realidad trascendental, oculta tras los ropajes de la forma, que es lo que simboliza el cuadro de Van Gogh.
Al fin del arte que lleva a cabo la posmodernidad se relaciona con el happening y su intención de desenmascarar la complicidad de las instituciones culturales, políticas, educativas… Con el happening, el teatro es una praxis, aboliendo la frontera entre ficción y hecho, entre arte y vida. Se cumple el final del arte moderno y de su vocación de alcanzar lo Absoluto. De tal modo que el arte posmoderno vuelve a refugiarse en lo Bello y lo decorativo, redefiniéndose como placer. La función de lo Sublime será ahora ejercida por la teoría, que sustituye a la filosofía. Teoría y lo Bello son los elementos constitutivos del fin del arte de la posmodernidad: la teoría reinó en los sesenta, y lo Bello en los ochenta.
El retorno a lo bello es una dominante sistémica que afecta todos los aspectos de la sociedad posmoderna, convertida en sociedad del espectáculo o de la imagen. Por eso, la vuelta a lo Sublime en los años noventa, no es más que parodia, o pastiche del arte moderno. O sea, el arte posmoderno es pastiche y parodia.
El posmodernismo es una liberación: las grandes obras modernistas fueron reificadas (convertidas en objetos y clásicos escolares) y entraron a los planes de estudio, se distanciaron del lector-consumidor, que ante esa monumentalización del esfuerzo del genio, se paralizaron en su intento individual de producir.
La historia del arte se acaba en 1964 cuando las obras de Andy Warhol entraron a la galería. El pop art marcó el fin del metarrelato del arte occidental sustituyendo lo Bello y lo Sublime (objetivos del arte tradicional o moderno) por el significado: obligando a los espectadores y artistas a buscar el significado como única razón del objeto artístico.

Los metarrelatos son los que nos ofrecen un desarrollo continuo, lineal y teleológico del arte. El primero fue el del Renacimiento, de Gorgio Vasari: perfeccionamiento de la mímesis de la naturaleza, ascenso cada vez más perfecto hacia la ilusión de realidad. El de finales del siglo XIX, la ideología estética de la modernidad y las vanguardias, que es el abandono de la pretensión de reproducir las apariencias de lo real, búsqueda de la propia identidad del arte, encarnada en las condiciones materiales: el arte que es en sí, que sustituye la realidad superándola, proponiendo una realidad nueva que se afirma más verdadera (acaso la chica que busca José Fernández en De sobremesa).
Este metarrelato de la modernidad, distinto al de Vasari, pero igualmente lineal, progresivo, teleológico, está marcado por la búsqueda de los impresionistas y su reflexión sobre la obra de arte como objeto autorreferencial. Un arte que habla de sí mismo. Esta muerte del arte hegeliano es iniciada por las vanguardias y completada por el expresionismo abstracto de los años cincuenta, que viene a ser el último movimiento moderno, pues lleva hasta las últimas consecuencias la autorreflexión y la autorreferencialidad en el arte.
El expresionismo abstracto se acaba en 1962 cuando el pop art (lo importante es el significado) niega la propuesta del arte autorreferencial, abriéndole las puertas a la posmodernidad.
El pop art no imita la realidad (mímesis), ni busca destruir la representación tradicional revelando, como hicieron el cubismo, el futurismo y el dadaísmo, un lado desconocido de la realidad, sino que reproduce una imagen producida por una máquina, crea imágenes de imágenes, destruyendo el elemento fundamental de la vanguardia: el deseo de revolución, la militancia contra lo establecido (reproduce la imagen de un accidente de tránsito).
El arte moderno se apropió de otras narrativas (Manet) para atacar el sistema de representación tradicional. Este proceso llega al límite cuando el arte se apropia del mundo, es decir, cuando se apropia de los objetos cotidianos que son aceptados como obras de arte. Es decir, no se trata de un estilo.
Con Andy Warhol se hace difícil saber cuándo se trata de un objeto y cuando de una obra de arte. Se trata de un nuevo paradigma estético en el que ya no es el criterio estético el que nos permite distinguir entre arte y objeto cotidiano; no es el ojo que mira el que dice lo que es arte y lo que no lo es, puesto que tanto la obra de arte como el objeto cotidiano son visualmente el mismo.
La clave del objeto de arte está en el sentido que abriga; y si lo tiene, de dónde lo toma. Una obra de arte versa sobre algo, al contrario que el objeto cotidiano. La tarea será precisamente desvelar ese algo, desvelar los significados.
Lo que conlleva el inicio de la posmodernidad es el final de los metarrelatos de la historia del arte. Pero la posmodernidad implica también el final de otros metarrelatos: el de la emancipación, el del progreso y el de la historia.
El arte posmoderno sería una estrategia cognitiva, una manera de conocer el mundo mediante un significado que está oculto tras la apariencia de objeto cotidiano. Las herramientas para ocultar el significado serán la parodia, la cita irónica, el pastiche o incluso el cambio de función del objeto.
El posmodernismo rechaza la fe en el futuro y el progreso (modernidad), oponiendo la vuelta ecléctica e irónica al pasado, junto a la carencia de profundidad o celebración de la superficialidad, el pastiche o mezcla de estilos y fragmentos reciclados, la negación del concepto de totalidad.
El modernismo y las vanguardias se autodestruyen por causa de la mercantilización y musealización del arte. Si en un principio es revolución, la propia dinámica de experimentación y búsqueda de lo nuevo deja al arte exhausto y estéril: lo convierte en simulacro. Ante la imposibilidad de continuar con la exigencia de lo nuevo, la única salida es la repetición, la mecanización, la parodia del pop art y el posmodernismo.

El principio de la libertad absoluta sitúa al posmodernismo en una multiplicidad de perspectivas. Una de ellas, frente a la ilusión de progreso y la esperanza en el futuro, instaura la visión retrospectiva, el intento de recuperar el equilibrio entre tradición e innovación, el pasado y la memoria histórica, especialmente de aquellas épocas que habrían sido olvidadas o rechazada por el modernismo por haber representado momentos de sosiego, y no de revolución. Pero esta retrospectiva no es solo una mirada atrás sino una mirada entre irónica y nostálgica que, firmemente anclada en el presente, es consciente de la imposibilidad de dicha vuelta. Vuelta entre irónica y nostálgica al arte figurativo del pasado: neoexpresionismo alemán y norteamericano, la transvanguarida italiana, el pattern & decoration gringo… 
Otra perspectiva posmodernista fue la del minimalismo, que contradecía al pop art, y el conceptualismo, heredero del minimalismo, que destruyó el concepto mismo de objeto artístico mediante la interrogación de los códigos que lo constituían como tal, con una intención política. Minimalismo y conceptualismo son parte del posmodernismo, aunque del posmodernismo de reacción.
Frente al retorno de lo figurativo y la complicidad con el mercado, se alzan los procedimientos de un posmodernismo de resistencia representados en la antiestética, que busca desestructurar el orden de las representaciones a fin de reinscribirlas. Señala una posición cultural sobre el presente que niega la idea de un dominio estético privilegiado, que entonces deconstruye sistematicamente. La antiestética utiliza estrategias alegóricas como mecanismo de inscripción y subversión.
Así que el posmodernismo propone dos formas de arte: una banalización o una experimentación, una aquiescencia con el mercado y sus formas de representación, y una deconstrucción radical del sistema: nueva novela histórica y novela de metaficción. El best seller y la novela experimental. Posmodernidad cálida y posmodernidad fría (Anna Ma. Guasch).
1968-1975: desarrollo y fin del minimalismo, triunfo del arte conceptual. Arte procesual y arte situacionista, escultura social (Joseph Beuys). Rechazo del formalismo como realización plena del proyecto moderno.
1975-1979: pluralismo híbrido y disperso en la creación artística. El arte se ve inmerso en el mercado. Se necesitan obras que duren frente al carácter efímero del arte procesual y conceptual.
1980-1985, fase cálida: negación de algunos aspectos de la modernidad (universalismo y totalización, racionalismo, progresismo, pensamiento lineal, exaltación del futuro y de lo nuevo). Vuelta al pasado, culturalismo, cita irónica, libertad con respecto a la historia, el pensamiento débil, el eclecticismo y, en acuerdo con el mercado, neoconservadurismo.
1985-1990, fase fría: muerte del autor, enfrentamiento a los conceptos modernistas de aura y originalidad. Se recupera la alegoría como renuncia a la subjetividad, y al yo como origen de la expresión. Deconstrucción neobarroca, neoabstracta… Unión del arte y las nuevas tecnologías: videoarte…
1990-1995: vuelta al activismo. Retorno a lo real múltiple y heterodoxo, enfrentamiento al simulacro. Activismo alternativo. Los temas son lo social, el cuerpo, la multiculturalidad, el género. La mirada hacia el otro sexual, lo étnico o lo racial. Desterritorialización, nuevo internacionalismo, globalización (Manu Chau). Arte político de colectivos y agencias. Interés por la descolonización, las minorías y las periferias.

La realidad está configurada por una estructura del poder que limita la representación y marca los límites de lo que podemos y debemos pensar. Los códigos culturales en los que estamos inmersos, el orden discursivo que seguimos, las distintas formas de representación, no son naturales y fijas, sino arbitrarias e históricamente determinadas, así que son susceptibles de crítica y revisión.
Nuestro acceso a la realidad está mediado por la representación, y la representación atiende a los intereses del poder. El posmodernismo es la crítica de la representación.

La esencia del arte (el aura) se pierde con la reproducción. Lo estético o artístico ya no está en el objeto sino en el espectador, según sus propios criterios. Esta subjetivización total afecta incluso al concepto de realidad. Así que una obra de arte será aquella que exprese un significado, una visión de mundo. La ausencia del aura hace que el arte se democratice por medio de la reproducción. Todo es un juego de espejos, en donde la copia no tiene que ser inferior al original. La función artística o estética va perdiendo importancia, para dar paso a la función política y conceptual: el significado como razón de ser del arte.
Mientras el arte moderno constituye presencias y es áurico, el arte posmoderno destruye el aura, destruye la presencia. Es un arte ausente. La destrucción del elemento áurico se lleva a cabo por medio de la ironización o lo lúdico. Ausencia por presencia, destrucción por construcción, sintaxis por semántica. Polisemia por monosemia, difusión por concentración. El posmoderno destruye, reproduce, no produce. Ironiza, no afirma, juega, no crea en el sentido moderno.
En el posmodernismo no hay una verdad trascendente: no hay hechos sino interpretaciones, textos. La realidad es un referente construido. Pero el posmodernismo no busca crear una nueva realidad como pretenden los modernistas y las vanguardias. El posmodernismo reproduce mecánicamente imágenes de la realidad, copia imágenes. Imita la imagen que construimos de la realidad. Se trata de un arte mimético, pero que va más allá, y deconstruye esa imagen. Le pasa por encima.
No hay trasparencia ni naturalidad en las asunciones miméticas de la historia y la filosofía: ellas no reproducen la realidad sino que la construyen. El artista posmoderno manipula signos, y por eso no es un productor de objetos artísticos. De este modo, el espectador o lector no es un consumidor sino un decodificador. Ya no es un receptor pasivo de belleza estética.
La construcción de la realidad y del sentido se basa en la tecnología y en la manipulación de imágenes: video-montaje de fragmentos de películas, feminismo construido a partir de imágenes y fetiches de la feminidad. Reorganización de fragmentos preexistentes, canibalización de otros textos para insertarlos en otros contextos que quedan deconstruidos. No es posible representar la realidad de otro modo que no sea a partir de textos ya creados.
El proyecto modernista de dominar la naturaleza por medio de la tecnología y la razón siguiendo los criterios de utilidad y función ha desaparecido. El posmodernismo simula, contempla con melancolía y nostalgia la pérdida, o la asume, la atestigua para delatarla mediante la crítica de la representación y la deconstrucción de las imágenes heredadas por medio del apropiacionismo. Lo que se deconstruye es el proceso mismo de representar. Problematiza la actividad mima de referenciar, lejos de suspender el referente o de ponerlo entre paréntesis. Problematización de la mímesis misma, del hecho de poder adecuar una imagen a un referente. No hay creación subjetiva, ni yo artista genio; aparece el artesano que descubre en un objeto ya existente algo nuevo por medio de una reagrupación de sus elementos, de procedimientos como el collage, la apropiación o la manipulación que podemos observar en el corte y pegue de un computador.

El arte se reifica, se desacraliza y pasa a formar parte de lo cotidiano (la reproductividad: un cuadro de Picasso en el vidrio trasero de un bus urbano). Los genios pierden sus aureolas. De repente ya no hay distinción entre arte popular y arte elevado, ausencia que provoca la mezcla de elementos antes separados, es decir, la hibridación que se lleva a cabo mediante la ironía y la parodia: deconstrucción del pasado literario, que se subvierte en una nueva re-creación. La revolución es una nostalgia. No hay fe en el futuro.
La novela histórica es una necesidad nostálgica de aferrase a algo seguro, pero no implica una despolitización. Mezcla de categorías, fin de los límites.
La novela responde mediante la ruptura de las convenciones sobre el tiempo, la consciencia, la identidad, la neutralidad del lenguaje y el desarrollo histórico del argumento y el personaje. Muerte del argumento entendido como secuencia racionalizada, de la causalidad lógica de hechos y un final. El lector se ve obligado a descifrar, a ser cómplice y copartícipe de la escritura.
Influencia de los medios de comunicación y de la tecnología, uso del lenguaje audiovisual, muerte del argumento tradicional, crisis de la interpretación y de la certidumbre que lleva a la confusión entre autor y personaje, y a la parodia del autor como padre. Pura intertextualidad y metaficción, cero originalidad.
Son novelas que utilizan los elementos experimentales precedentes y los usan retomando las convenciones narrativas tradicionales.

La novela posmoderna se inscribe en los presupuestos tradicionales para luego deconstruirlos y subvertirlos por medio de la parodia y la hibridación irónica, o asumen la imposibilidad de dichos supuestos y parten de otros nuevos. La novela experimental enseñó a ver el mundo, la realidad y el lenguaje de otra manera al luchar contra las categorías modernas; en este sentido, pertenece a la episteme moderna. Pero la posmodernidad, al aprender de esta enseñanza, asimila y normaliza, se erige en nueva episteme, y ya no es posible volver atrás, ni siquiera como queja, lucha o rechazo, porque la visión de mundo moderna ha terminado.

Modernidad: critica del orden social burgués (siglo XIX) y su visión de mundo. Cómo: invertir las convenciones del realismo burgués mediante la ruptura radical del flujo lineal de la narración, de las convenciones sobre la unidad y la coherencia de argumentos y personajes, y la consecuente destrucción del desarrollo causa-efecto; despliegue de yuxtaposiciones irónicas y ambiguas capaces de poner en duda el significado moral y filosófico de la acción libertaria, adopción de un tono de auto-burla contra las pretensiones de la racionalidad burguesa; la oposición de la consciencia interior al discurso objetivo, racional y público, y una inclinación a distorsionar subjetivamente para mostrar cómo se desvanecía el mundo social objetivo de la burguesía del siglo XIX.
A esta lista se añade el discurso del genio, la puesta en primer plano de lenguaje y la técnica en contraste con la anterior primacía del contenido, y el alejamiento con respecto al público, debido a la dificultad objetiva de acceso a sus textos, junto a la necesidad de una crítica que la explique.
El posmodernismo es una síntesis o trascendencia de la antítesis realismo burgués-modernismo, una superación ecléctica de las oposiciones entre realismo e irrealismo, entre forma y contenido, entre compromiso y evasión.
El señor Barth propone como paradigma del realismo a Ana Karenina, del modernismo a Finnegans Wake, y del posmodernismo a Cien años de soledad.
Mientras que la literatura moderna se ocupaba de problemas sobre el conocimiento, la posmoderna se encarga de afrontar la cuestión del ser en un mundo que ha deconstruido las afirmaciones que lo sustentaban.
El autor moderno se esfuerza por interpretar el mundo, qué lugar ocupa en el mundo, quién conoce y cómo conoce, hasta qué punto es verdad, cómo trasmite el conocimiento, cuáles son los límites de lo cognoscible y su fiabilidad. Sus métodos son la multiplicación y yuxtaposición de perspectivas, focalización en un único centro de conciencia, variantes del monólogo interior, simulación del propio problema del conocimiento (cronología dislocada, ruptura del orden lógico de los acontecimientos).
En la narrativa posmoderna la dominante ya no es seguir luchando con el conocimiento del mundo, sino la improvisación de un mundo posible y ficcionalizado. Se abandona la lucha por conocer y ordenar el mundo mediante el yo como generador de sentido, y se proponen mundos posibles, al modo de Cien años de soledad y de Opio en las nubes. Thomas Pynchon.
Stendhal decía: La novela es un espejo que paseamos a lo largo de un camino. La realidad como un ente unitario con sentido temporal (camino); la novela, entonces, deberá fragmentar las líneas, seleccionar paréntesis temporales y reflejarlos miméticamente, desde el punto de inicio hasta el final. Todo ello implica una idea de realidad fija, firme, segura, diferenciable fácilmente de lo no-real, es decir, de la imagen. También implica un concepto del tiempo progresivo y causal, respetado por la estructura narrativa, como ocurre con todas las novelas realistas.
Cuando la realidad se percibe como caos, todo es fragmentación. La estructura de la novela se rompe para responder al cambio, pero entre los fragmentos flota la conciencia narradora.
Novela posmoderna: el sujeto percibe su propia subjetividad como caos: ironía cínica, ontología problemática. Cómo enfrentar al mundo, una vez entendida la imposibilidad de reorganizarlo, de entenderlo, de penetrarlo. Lo real ya no es un referente representable, y nuestra consciencia es incapaz de trascenderlo. La realidad se desvanece convertida en imagen, y el yo se conforma, irónica y lúdicamente, con esta pérdida.
La realidad se elude: la historia, el espacio, la alteridad no se captan más que a través de imágenes. Y la imagen no se imita ni se representa. Se multiplica idénticamente sin la ayuda del arte.
Incapacidad de distinguir entre lo real y lo ficticio; entre realidad e imagen de la realidad: un mundo de realidad virtual. Una percepción que iguala la imagen construida con la realidad fáctica, hasta destruir el concepto de realidad.
El género fantástico, la narrativa fantástica no soluciona lógicamente las rupturas espacio-temporales. Por eso resulta muy cercana a los presupuestos posmodernos. Pone en cuestión las ideas que tenemos acerca de nuestro mundo, y propone un mundo posible (Carlos Fuentes, Terra nostra, y a Pynchon, Gravitys Rainbow).
La novela histórica se llama ahora metaficción historiográfica, desde el momento en que los personajes y los hechos históricos desmienten o dudan de la historia oficial. La nueva novela histórica rompe la barrera ontológica entre el mundo como creemos que fue y el mundo posible de la ficción (¿Como el Hitler de Tarantino?).
La metaficción historiográfica resulta en un híbrido de lo histórico y lo fantástico; imposibilidad de diferenciar entre verdad y mentira.
El original y la copia resultan idénticos, lo representado se confunde con la representación, todo termina siendo intercambiable y depende de quién lo enuncie.
La ficción reside en la posibilidad de esos mundos posibles. Se trata de un mundo regido por la imposibilidad, un mundo cuyas proporciones son al mismo tiempo falsas y verdaderas. Se trata de un mundo en donde las cosas existen y no existen, se dicen y no se dicen, un mundo de paradojas lógicas sin solución.
Al cambiar el concepto de realidad cambia el resultado de la mímesis, pero el procedimiento es el mismo utilizado por la narrativa realista: el espejo.
Lo fantástico se acepta sin problemas en la novela posmoderna, en un mundo en donde se rompen la unidad y la racionalidad. Por eso no nos sorprendemos ante las cosas que pasan en Cien años de soledad. Se percibe una banalidad frente a lo paranormal, como ocurre cuando se pone a un personaje real en una situación de ficción, totalmente ahistórica tradicional: anacronismo total, en contra de toda versión oficial. Contradicción de normas de lógica y física.

La novela posmoderna hace mímesis de la televisión y del cine, puesto que son elementos constituyentes de la episteme a la que pertenece. La narrativa posmoderna se limita a reflejar miméticamente la ontología plural que implica la dominación de lo cotidiano por parte de los medios de comunicación audiovisual.
No hay distinción entre realidad literal y vehículo metafórico –la televisión y el cine-: el acontecimiento deportivo mediatizado permite a la gente recuperar un sentido de la historia del que no se siente excluido, pues participa directamente en él a través de la pantalla. No se distingue entre el hecho histórico a secas y el hecho convertido en imagen.
¿Cuál es el referente real del presente y del pasado? Amnesia histórica. El deseo de retornar al pasado ya no es factible. Cuando se trata de revivirlo por medio de la nostalgia, el pasado histórico se proyecta en imágenes y estereotipos  de ese pasado, por lo que este acaba siendo cada vez más inalcanzable. El hecho histórico se convierte en pasado hiperreal a través de la memoria que selecciona, desfigura y recrea, susceptible de manipulación ideológica y artística, de distorsión, aunque la historia en general sea invariable…
La historia es una metanarración más que debe ser sustituida por la intrahistoria, por microrrelatos que no realizan marcha ascendente sino discontinua, asincrónica, llena de direcciones múltiples e incertidumbre. El movimiento del relato está dominado por fuerzas múltiples, incongruentes, que producen resultados inesperados, provisionales, parciales y dispersos. La historia no será recuperable sino como texto, y como texto, será una narración susceptible de ser reinterpretada y reinventada.
Conocemos el pasado mediante documentos, cartas, archivos. Textos que pueden ser interpretados, y depende de quién los interprete. El pasado depende de la interpretación de un sujeto, de su propia representación de la realidad. Inseguridad y relativismo completos. Subversión de archivos, desenmascaramiento, desafío. Parodia metaficcional de la pretensión de objetividad histórica. Puros juegos del lenguaje y la imposibilidad de representar la historia. Abajo el proyecto de unicidad y progreso moderno.
Mientras tanto, el público pide unidad, simplicidad, comunicabilidad, como medicación para la depresión y la angustia, todo dirigido por el poder. Mimetizar el presente es mimetizar sus imágenes: nostalgia por la imposibilidad de representar el pasado; simulacros de imágenes del pasado creados por la interpretación de los medios de comunicación de masas.
Novela: representación de la realidad irreal, puesto que así es la episteme a la que pertenece.

El sujeto débil de la representación. Autor, narrador, personajes, lector:
El sujeto en la novela posmoderna ya no se considera una entidad coherente, generadora de sentido. Su percepción de la realidad y la fantasía no se articula en oposiciones binarias totales sino en un juego inestable de coexistencia que termina con la superposición de las dos: el sujeto esquizofrénico de Jameson.
La única posibilidad liberadora parece ser la evocación a través del sexo y la palabra. Los sujetos se buscan a través de la palabra, del microrrelato, único hilo que conduce al sentido (Opio en las nubes). Pero el sujeto posmoderno es un sujeto que aparece incompleto, que solo puede encontrar sentido narrándose a sí mismo, consciente de que esa narración no diferencia entre verdad y mentira. Sujeto múltiple y paradójico que se manifiesta a través de varios sujetos parciales.
Sujeto semiótico: se apropia de los conceptos y las imágenes de la cultura a la que pertenece. De este modo subvierte los valores y delata desde dentro del propio sistema los mecanismos de ficción, de simulacro, de hiperrealidad, de mentira, que constituyen la representación de la realidad en que vivimos.
Se trata del sujeto antiedípico y del sujeto abyecto, que recuperan el subconsciente desde el concepto de Deleuze y Guattari, o sea como máquinas de deseo que rechazan las oposiciones binarias, que luchan por volver a un sentido primordial de la subjetividad emocional, intelectual y física (Opio en las nubes). Sujeto abyecto que ama la belleza compulsiva, la escatología, que se siente a gusto sin velos, sin representaciones, que busca ser repugnante para el lector, en la línea de Bataille.